Camina lento. Tan lento como se lo permite los dolores de la miseria. Ayer perdió el último diente que le quedaba. Se le cayó sin ninguna explicación aparente. Ni velorio le hizo. Ése con el que le coqueteaba a las muchachas de la Sagrada familia, un colegio encopetado del norte de Valledupar. Camina lento. Me devuelvo al comienzo de la historia. Dicen que en la pierna derecha, en algún lugar del fémur tiene alojada una bala calibre 9 milímetros. Él cuenta que un policía gordo y repulsivo le disparó porque hurgaba en la basura de un restaurante. El informe oficial narra con diafanidad, que el disparo preciso del agente de la policía evitó que un fulano de tal, armado hasta los dientes, asesinara a una joven en la avenida Simón Bolívar. Era un electrizante y alborotado 31 de diciembre.

Alberto era su nombre. Ni romántico, ni optimista, ni presidente de Colombia, ni terrorista, ni Luis XV. Era un héroe de carne y hueso. Con un amplio expediente de condenado. Un disidente que robaba carteras en la Plaza Alfonso López mientras un cachaco se coronaba Rey Vallenato, un pasajero más de risueño entusiasmo, que con su presencia intimidante extorsionaba moralmente al mundo por una miserable moneda.

Pero detrás de ese Alberto harapiento hubo otro Alberto. Ésta es la historia. El otro Alberto fue atildado, comedido, obediente. Ganaba todas las olimpiadas de Matemáticas, seguía al pie de la letra todas las instrucciones, a veces era verdugo, en ocasiones víctima, nunca se enteró que todas las lambonerías del hombre en la tierra son vanas, pero le agradaba.

Como era de esperarse Alberto se gradúo un 6 de Diciembre en su amado Leonidas Acuña. El Diploma no lo decía, pero a todas luces se leía, en letras peligrosamente inentendibles: no disidente, no escéptico, no irónico, no incrédulo ante todos los amaneceres venideros.

No obstante con ese ropaje llegó a la Universidad. A la casa de las ciencias, como le había prometido un profesor de ácida recordación, pero que le había insistido que desconfiara de los mitos ilustres, de las filas tristemente ordenadas y de las palabras políticamente correctas. Que no creyera en el culo remendado del perfeccionismo.

Sin embargo la educación en el 2032 está así. Como los dos Albertos. Los resultados de las pruebas SABER y SABER PRO duermen sobre la certeza de que lo único que interesa son los resultados. Creen que lo realmente válido es aparecer en los listados maquiavélicos de las Instituciones “ganadoras”, porque están en un tránsito cierto hacía el paraíso en la tierra.

En ese “edén” epiléptico se confunde obcecadamente en el campo de la Filosofía, lo advierto, a Diomedes Díaz con Noam Chomsky o al padre Linero con Steven Pinker.

Por consiguiente, ¿La educación es un juego o hay que prenderle fuego? Vivir fuera del juego no es fácil. Pero permitir que los charlatanes de los prejuicios, los dilemas y las creencias apaguen la hoguera con gasolina con mis nietas adentro, no será nunca un deporte favorito. No lo era entonces y no lo es ahora. Ni allá ni en ninguna parte. El poeta Heberto Padilla lo narra, “yo rechazo esa educación persuasiva de última hora, las emboscadas que le tiende a los estudiantes. Todo fragmentado, todo inconexo”.

Es posible que corte una flor amarilla de un jardín cualquiera y lo coloque en tu cabeza. Quizás contemplemos usando los ojos de la esperanza la fiesta de la nieve que cae. Tal vez eso incremente la estatura de las alegrías. No me quedan dudas que las informaciones, los conocimientos, las certezas, o como se llamen, se disolverán en los dedos titubeantes de los estudiantes. Alguien le pedirá a Dios que le de fuerzas para seguir. Ese pequeño detalle no lo tendré en cuenta. Al fin y al cabo, eso es lo que habita el aula de clase: criaturas dubitativas en la diáspora de las redes triviales (¿sociales?).

Que no quepan dudas, mientras el aula de clase sea visto como un campo de fútbol, donde la democratización de los saberes y la colectivización del conocimiento gira alrededor de un balón, 22 cabrones con uniformes distintos y cerebros idénticos, recibiendo órdenes casi siempre sesgadas de un tenebroso tipo de negro, y en las gradas, como en los tiempos de Atenas y Roma, cientos de “perros” rabiosos exigiendo sangre, para eso pagaron la boleta, nada cambiará. Denle una portería y un balón a cada jugador para que las bibliotecas sean más importantes que los preservativos y los fanáticos usen la voluntad humana para mejorar el mundo. Hoy día respirar (y escribir, y pensar, como ha sido siempre) es un oficio peligroso.

Por tanto, las Instituciones educativas desde párvulo a los más sofisticados estudios de posgrados necesitan una urgente dosis de exceso de realismo. No más realidades complejas en el campo de la abstracción de las ideas que mueven el mundo. Hay que leer críticamente y punto. Sobran los docentes que toman distancia respecto a lo que enseñan. Se necesitan maestros que no sobreestimen la creatividad de los niños y jóvenes, y mucho menos, que desprecien las ideas científicas simplemente porque coleccionan “recetas” únicas e infalibles con las cuales pretenden cambiar un mundo que ya no existe y modificar los comportamientos de estudiantes que hace rato abrazan el concepto multivalente de disidencia. Lo dijo Greene, “un docente que combina ingenuidad y fanatismo está en el camino de la locura”.

Queda claro, en el aula de clase todos en algún momento tomamos partido. Todos rayando en el cinismo para bien o para mal. Ese no es el pecado. El delito social es creer que lo que el otro hace es imperfecto y lo que yo hago está a un clic del cielo. Afortunadamente toda alternativa es imperfecta. Y sus resultados también.

Alberto ruega por una moneda en una silla de ruedas a las afueras del Centro comercial Los mayales. Tiene un Doctorado en Finanzas de una Universidad capitalina que nunca le sirvió para nada. El viernes le di 600 pesos para su “traba” cotidiana.

Los estudiantes lo observan al medio día y por las mañanas. Algún padre familia usa la desgracia de Alberto como moraleja para mostrarle al niño que perdió Lectura crítica, Biología y Ética un panorama desolador. Lo señala y le dice: < ¡ese es el futuro que te espera! ¿Eso es lo que quieres para ti?> El niño observa con desprecio al habitante de calle. Ni en sueños cree que eso le pueda suceder. Sin embargo en la planilla de calificaciones del Profesor de Lectura crítica, en el código 34, se lee con claridad, Alberto Galindo. Y no pasa la materia, ni si se alinearan todos los astros de la vía láctea.

Si la Educación son dos, a veces en blanco y a veces en negro, la sociedad está en regresión.

<Gracias por las monedas> Y levanta la mirada al cielo. Y nadie se apiada de él. <Gracias, por la historia> Le contesté. Pero no me escuchó.

Por Osmen Ospino Zárate

 

 

 

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