El mar Caribe y el rio Guatapurí se juntaron furiosamente por los lados de Atanquez. Ratones, libres y serpientes llegan atemorizados a la clase. No hay libros, ni cuadernos, ni criticidad, ni memoria cortoplacista. Ni los necesitan. Es el reino de Samsung, Huawei P 30 o el IPhone 8. Los estudiantes dudan de la existencia del Cambio climático, pero le oran a moco tendido a Santo eccehomo.

Tristemente la educación por estos lares es “celebrada” con bombos y platillos en los bares esnobistas, en la ceremonia del caos y relegada al traspatio de las preocupaciones intelectuales reales.

La educación dejo de ser una “rareza” lejana propia de ciudadanías excluidas, glamorosamente autoexcluidas, y ya es parte de la canasta prioritaria de una sociedad vacía que se siente a gusto en la ruleta rusa de Instagram y se desanima con frecuencia ante la incertidumbre de las Ciencias. La educación, por supuesto, no hace parte de ese conjunto de interrogantes teóricos de la cual se deben ocupar las mentes pensantes que andan por ahí.

Y como ocupa un lugar inferior y metafísico en las discusiones políticas, me refiero a la educación, lo que se investiga sobre ella se experimenta con lenguajes abstractos que no “leen” la realidad. Todo se vuelve superficial, lo conceptual incomoda y las “modas” prevalecen.  Los docentes y los estudiantes se confunden entre sí. Están sobreinformados: Facebook, Whasapp y Netflix son los nuevos “dioses”. Es increíble, aun se enredan en debates arrogantes e inútiles: los condones son un seguro de vida o son una invitación al sexo sistémico.

Esas crónicas subdesarrolladas hacen que el  aula de clase esté en constante oposición a la inteligencia histórica y social que debe asegurar para la sociedad la discusión pluralista, crítica, laica y científica sobre todos los por qué.

Pero la educación-entretenimiento está ahí. Agazapada, lista para dar el zarpazo. Tiene las garras afiladas. La moda es el artificio, a la riqueza bibliográfica se le saca el cuerpo, pero la crisis profunda de la educación no da espera.

En tanto, la educación efímera, como presupuesto teórico, no sé si lo sea, ha revelado la existencia de las rivalidades de clase. Hay una feroz lucha por el prestigio, las becas dan estatus, los ranking de las Instituciones educativas en la Revista PORTAFOLIO amplifican un poder “supuesto”, por tanto, el cuerpo social de las comunidades está fracturado. El fantasma de los “buenos” y los “malos” aparece en escena. Sin embargo, un gran número de estudiantes a duras penas saben describir lo que sucede en el entorno socioemocional o el contexto supraideológico en qué se educan.

Ésta educación de la que hablo, efímera, bancaria o recetaria, está vacía de pasiones  y no entiende de compromisos teóricos. Es el reino caprichoso de la fantasía. Dioses, vírgenes, pastores, curas, charlatanes, usureros y sus unicornios violetas provocan pobreza y monotonía conceptual. No es más: hay que volver a dinamizar, como afirma, Lipovetsky, “promover de nuevo  la interrogación sobre la educación, educación fútil, fugitiva, <contradictoria> afortunadamente, pero que, por ese mismo motivo, debería estimular con fiereza absoluta la razón teórica”

Por lo expuesto aquí hay que hacer una pregunta: ¿cómo las instituciones educativas esencialmente estructuradas por lo efímero y la fantasía estética ha podido conseguir un lugar en la historia humana?

Es porque, ante todo, la educación es la piedra angular de las ambiciones, permite derrotar el tradicionalismo recurrente, hace parte, queramos o no, de una fiebre moderna de “novedades”, es la educación, a pesar de cientos de docentes atados al pasado, la única forma de celebración del presente social de los pueblos del mundo.

A mí me parece, sin dejar de lado la practicidad de la formación humana en todos sus matices, que la razón teórica es el motor principal de las instituciones educativas. Pero las teorías a nivel educativo, hay que decirlo con resignación, han sido prisioneras sumisas de la razón vivida por docentes, padres de familia, estudiantes, gobernantes y empresarios. “La letra con sangre entra”, sigue siendo una oración aplaudida. Esa falta de crítica, autocrítica, lectura, escritura, investigación, capacidad de disidencia, de confrontación conceptual es una de las funciones más arraigadas y peligrosas de la educación.

Sin embargo, ante nuestras narices, usando la educación obviamente, el gobierno centralista de Colombia incentiva los esquemas de la lucha simbólica de clases, violenta y pasiva, es la historia de nuestra educación, los valores gregarios de los que se nutre, las significaciones culturales y religiosas a las cuales le hace fila, dignificando, dicen en sus discursos medievales, las expresiones de una especie humana que hay que “salvar”.

Escribir sobre educación implica asumir riesgos ideológicos: ser víctimas de generalizaciones sicosociológicas sobre la educación misma, frágiles en comprensión histórica; evitar la superficialidad de los paralelismos, instituciones privadas versus instituciones públicas, con tantas variables casi siempre sesgadas y vanidosas. ¿Hay mucho por hacer, hay poco por hacer? No sé. ¿Ustedes que piensan?

Pienso, aunque algunos pontífices de la politiquería, digan lo contrario, con sus defectos delirantes y sus virtudes inofensivas, que la Educación está al mando de las sociedades.

Cualquier universidad, escuela, colegio suntuosa o de garaje ha logrado el propósito esencial: ser seductora y efímera. No voy a dictar cátedra sobre los méritos de unas y otras. Lo que está claro es que vivimos, como plantea, Lipovetsky, “en una sociedad frívola, último eslabón de la aventura plurisecular capitalista-democrática-individualista” Y la educación está respondiendo al pie de la letras a dicha sentencia. ¿Debemos preocuparnos ante semejante panorama?

Ratones, libres y serpientes nadan angustiosamente por el rio en que se convirtió la Novena. Sobre la furia endemoniada de las olas grisáceas alcanzo a ver 3 celulares de alta gama. Sé que mis estudiantes lucharon hasta el último suspiro por salvar sus equipos ostentosos. Pero el cambio climático si existe.

¿Navarro, Lara y Martín, piensen, qué los sorprende del concepto de Educación- entretenimiento en relación con el embrutecimiento generalizado y el hundimiento del ciudadano libre y responsable, que deben formarse en las instituciones educativas?

¿Debo sentirme preocupado aun?

 

Por: Osmen Wiston Ospino Zárate

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