Está rodeada de todo y de nada. Es una choza desperdigada en la jungla de la desesperanza, pero ella representa la esperanza, es el aceite en la punta de la flecha que surca el aire para clavarse en el oscuro corazón de la ignorancia, el perfume para que el atraso social pierda respiración, el brebaje ancestral para que la desigualdad social no se riegue totalmente en nuestros apellidos. Pues cuando la educación en sus distintos empaques no funciona, el fútbol es el nombre con que se identifican nuestras angustias. Las hordas de niños, jóvenes y viejos se apiñan en las oficinas, los pasillos, los salones, los laboratorios, los baños, en los jardines, en los bebederos del frente, en los moteles de al lado, dentro del Parque la Vallenata alguien babosea “Colombia grita gol”, afuera del Parque la ciudad se diluye, se reinventa.

No da para más, la sociedad le ha hecho creer al estudiante universitario, que la educación superior es el único camino para obtener un título y ganar dinero. La anterior oración desgarradora pertenece a la biblia del consumismo voraz y del utilitarismo que campea en los discursos reduccionistas de los sacerdotes de la modernidad. Olvidan de tajo, que a la Universidad se va también, como afirma, Nuccio Ordinne, “a ser mejores seres humanos, hombres y mujeres libres que se enriquecen con el conocimiento”. Lo ideal sería, sin lugar a dudas, que esa mágica masa amorfa de estudiantes se acercaran al arte, la poesía o a la cultura con el sólo interés de formarse para la vida. Pero que va, son las tareas, la exclusión, la violencia verbal; no la formación humanizada, ética, laica, científica y democrática la que se percibe en las universidades.

Lo que le cuento a mis estudiantes, todos los días, sin que ese panegírico parezca fingido, es el viaje narracional del cual se nutre “Ítaca” de Kavafis. No solo es importante el dinero o los lujos, lo que en realidad transforma a las sociedades es la riqueza intelectual y la experiencia que se adquiere y se usa eficazmente a lo largo y ancho de la vida. Lo demás es un reggaetón lastimero.

Javier es de Villanueva, Guajira. Un municipio tejido nota a nota, composición a composición por viejos juglares que reelaboran el mundo desde la quijotesca bohemia que viaja en la sangre de los cantos vallenatos. Viste a la moda: pantalones ajustados, suéter cuello de tortuga, tenis finos, reloj de marca, iPhone de última tecnología… Con ese habladito provinciano, no dialoga, canta: “yo sé que tú te alejas como el ave que se va, dejando mi pobre alma triste como una ilusión, pero sé que tu vuelves, tú tendrás que regresar, no podrás olvidar, no podrás olvidar aquel tiempo legal”. Con su porte guajiro tiene un ramillete de novias, que no se compadece con las pésimas notas que adornan su 30, 30, 40. – ¿Profe, si la sociedad es utilitarista, la Universidad debe multiplicarse para coadyuvar los negocios, las oraciones empresariales?- Tiene el rostro adusto, regresa a su pupitre, busco sus ojos, la clase comienza…

-Es imposible pensar el mundo sin buenos profesores- Javier levanta la mirada, poco convencido –Y al lado del discurso utilitarista es urgente que las Universidades, es decir los docentes comprendan, que deben ser capaces de formar ciudadanos cultos, mujeres y hombres capacitados para pensar el futuro de manera autónoma y crítica- Es Cuarto semestre de Derecho. Son las 9 y 30 de la noche. Va a llover. –Lo anterior se logra con buenos docentes cultivando capital humano, pues de lo contrario, todos los artefactos tecnológicos que existen y que se están creando mientras nosotros charlamos, solo servirán para inventar el fuego frotando piedras, nuevamente-. El silencio y el jadeo del aire acondicionado son cómplices.

Una pregunta: ¿A cuántos Javieres les importó la respuesta?, ¿A cuántos docentes les interesa más la clasificación de Colombia a Rusia 2018, que la lectura del “Beso de la mujer araña”, una novela fabulosa de Manuel Puig, la cual había perseguido por más de 10 años? Bueno, Puig desactiva mitos, lo mismo les corresponde a los buenos docentes. Es obvio: los peces están en el agua, pero no saben qué es el agua. También los estudiantes están inmersos en la cultura, pero todo lo confeccionan a partir del sombrero, el acordeón, la caja y la guacharaca. Eso es la Pedagogía: propiciadora de rupturas, de discursos seductores, provocadora de disensos… cognitiva, metacognitiva, dialógica-crítica. Con más migrantes del conocimiento extraviados en los buenos libros y menos tareas insustanciales como soporte de una mediocridad insostenible de los colectivos docentes que hace inviable a cualquier sociedad.

Cómo lo que interesa son las preguntas, la agudeza de la crítica y las aguas mansas de la reflexión, y que más da, las respuestas siempre son discutibles, o si no escuchen las ruedas de Prensa de Pekerman, que de tanto escuchar sus mentiras justificables, los aficionados-porristas sin miga de racionalidad piensan que de eso estamos hechos. Escuché a alguien decir, que detrás de esos balones que se deben convertir en jolgorio, está retratada la sociedad que somos: folclórica, frágil, indecisa, emocional… Nadie como García Márquez para hacerlo más evidente: “Esta encrucijada de destinos ha forjado una patria densa e indescifrable donde lo inverosímil es la única medida de la realidad. Nuestra insignia es la desmesura. En todo: en lo bueno y en lo malo, en el amor, en el odio, en el júbilo de un triunfo y en la amargura de una derrota. Por la misma causa somos una sociedad sentimental en la que prima el gesto sobre la reflexión, el ímpetu sobre la razón, el calor humano sobre la desconfianza. Tenemos un amor casi irracional por la vida, pero nos matamos unos a otros por las ansias de vivir. Al autor de los crímenes más terribles lo pierde una debilidad sentimental. De otro modo: al colombiano sin corazón lo pierde el corazón”. En la educación, ¿también?

También. La UNESCO lo afirma: “19 millones de adolescentes latinoamericanos llegan a las universidades sin saber leer y escribir”. Un piano pesado y costoso para la educación superior, pues para aprender a leer y escribir los contenidos disciplinares del programa escogido se toman mínimo 6 semestres, obviamente los 4 semestres restantes son insuficientes para comprender párrafos sencillos y extraer información de ellos. Estamos ante un nuevo y tozudo analfabetismo en la Educación superior. Se llama suicidio colectivo, la mira telescópica y los disparos apunta a los pies descalzos y raudos de nuestros estudiantes.

Laura Montoya, Directora del Departamento de estadísticas de la UNESCO es reiterativa, “ser capaz de leer un aviso de trabajo y entender qué competencias se piden es, por ejemplo, algo básico para cualquier adolescente que está comenzando la vida laboral o que quiera seguir formándose”. O, por ejemplo, entender, o qué carajos, no estar de acuerdo, pero con argumentos, que el patriotismo es una herramienta simbólica decadente y el fútbol uno de sus códigos más difundidos, y por supuesto, reconocer que a través de ellos, la sociedad se estupidiza, entendiendo con dolor o con alegría, que darle puntapiés a un balón nos cohesiona como ciudadanía. ¿Y la educación no?

A pesar de las luminiscencias de las nuevas tecnologías, del “corte y pegue” insaciable de todos los modelos teóricos habidos y por haber, donde está el concepto de moda, ahí damos clic, pintamos la fachada y los inodoros rebotados,  nuestro modelo educativo sigue instalado en el siglo XVIII, es lo que se llama su zona de confort, los estudiantes están aquí, son privilegio y necesidad, diamantes en estado natural para orfebres expertos en lanzar redes para atrapar los vientos; pero los docentes, ¿Quién lo duda?, siguen tratando de inventar el fuego frotando piedras.

Javier ya entendió la lección. No es el fuego, no es el invento, no es el cerillo, ni mucho menos las normas APA, o la clase de legislación de las 6 de la mañana, es la llama en el corazón que se propaga. Sin embargo en los edificios universitarios siguen ardiendo los contextos sociales, los currículos, las infraestructuras, las políticas, los aprendizajes razonables, los dineros públicos y privados, los que leen y las víctimas de la promoción automática.

Y es posible, ni más faltaba, que los estudiantes sean, lamentablemente, quienes lleven en forma de tareas inútiles en sus valijas, las piedras con que se inventará el nuevo fuego que los hará arder inexorablemente en la hoguera de su conformismo. 

 

 

Osmen Wiston Ospino Zárate

@osmenw

www.osmenospino.blogspot.com.co

 

 

 

 

 

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