La guerra ya pasó. Sólo quedan las manchas violetas de los panfletos amenazantes semidespegados en los postes a medio caer y en las paredes agrietadas por las balas. Hay barricadas de arena destrozadas por los cañones, una bandera de Colombia descolorida, una anciana solitaria que acaricia la cabeza de un perro hambriento. La brisa camina en línea recta, como queriendo recordar que la Matemática del dolor cojea, pero siempre llega. El olor persistente a cadáveres sin Dios se siente más allá de los matorrales.

La vieja escuela sigue de pie: vertical, jerárquica, impositiva y represiva. Aterradora, sin tener a quién meterle miedo. Ni la metralla pudo con ella.

La imponente iglesia está ahí: agazapada, insaciable, imperturbable, ganadora. Está segura que después de la guerra viene lo peor. La intimidación de los halagos, las trampas de los aplausos y el chantaje de los elogios. Orwell, lo sabía.

A esa escuela y a esa iglesia falsificada y frágil muchos personajes en las redes sociales le darán unos cuantos “Me gusta”. Así somos: superficiales, mentecatos, recreacionistas de una audiencia  que se traiciona a sí misma.

Es lunes. Los niños atemorizados se acercan a las clases matutinas. Estoy de acuerdo con ellos, deben estar aterrados con lo que les depara el futuro. La profe barre casquillos, recoge esquirlas, apila recuerdos. Intentará coser la valentía de los catorce estudiantes que llegan, con el miedo invisible que le corroe el alma: ¿Para qué? Para no ser la profe más popular de Colombia, para no ser la más cortejada por el Programa todos a aprender.

A los niños ese día deberá enseñarles a ser disidentes, a no hacer la fila, a no hacer parte del soborno de la simpatía, a no ser títeres de algún caudillo, pues de esa manera, en Colombia se llega a ser presidente. Afuera la guerra es la muchedumbre. Y si la profe insiste en enseñar que 5 por 8 sigue siendo 40, seguramente dentro de un mes no se llamarán estudiantes, alguien los denominará sin problema alguno, “víctimas inocentes del conflicto”.

La profe sabe que la iglesia y sus curas le llevan siglos de ventaja en cuanto a credibilidad, mística y esas cosas que se digieren fácilmente con el café con leche de las creencias, el jugo de naranja de los prejuicios y la incongruencia de los dilemas. Está tentada (y debe hacerlo) a explicar el tema de la célula, la estructura del texto y la maraña inescrutable del plano cartesiano. Lo anterior es inoperante, todos lo saben, pero hace parte de la malla curricular de una sociedad que se alimenta de los mitos. También tiene claro, que esos temas son tonterías sino les inocula una poción venenosa de conciencia social y unas hojitas de laurel de provocación intelectual. Observa la calle desolada. Una veintena de soldados sudorosos van y vienen. Cantan canciones de exterminio para alimentar el espejo retrovisor de los odios. Los niños por fortuna se colocan los audífonos para escuchar una champeta aleccionadora de Míster Black.

La profe sonríe. La guerra, como todas las guerras, debiera ser derrotada por la educación. Los soldados saludan. La única guerra que no es derrotada por la educación es la colombiana: ¿Saben por qué? Porque la educación de aquí vive de la obediencia, del castigo, de la letra con sangre entra. Se escuchan truenos por los lados del Barrio Cañaguate. Va llover. Los niños se marchan.

En la iglesia bautizan, celebran comuniones y reparten bendiciones a tutiplén. Una sociedad acorralada por el miedo y la miseria no diezma, pero es un cheque en blanco en términos emocionales. Termina convertida en una caricatura de sí misma. Es adicta a la inmediatez del pánico. Recibe los tiros de gracia y se retiran en silencio, satisfechas. ¿Y la educación de calidad? ¡Jugando fútbol! La profe sabe que el 2 a 0 de Colombia sobre Argentina en la mente de sus estudiantes es la otra guerra que les espera.

A Pedrito solo le queda la abuela paterna. Habitan en un cambuche miserable a tres cuadras de la escuela. Viven de las sobras que el glorioso ejército colombiano arroja tres veces a la semana en un platón de plástico por la ventana. Son pequeñas raciones de papa, huevos cocidos, salchichas en mal estado y algunos tarros de sardina. El agua la consumen de una pequeña laguna contaminada en donde los soldados retozan con prostitutas.

Hoy la clase fue sobre los tiempos verbales. Pero a eso nadie le para bolas. Después del recreo les van a explicar la forma de llevar la contraria, la manera de resistirse a la presión de grupo, tratar que aprendan a no estar de acuerdo con el otro. A que no se sumen a los consensos, a que no repitan lo mismo que todos. Margarita y Juan Carlos se ríen y se cubren el rostro con las manos. Tienen las uñas sucias y quemadas por comerse las raciones de los adultos. Sus risas son una especie de luz que se estrella estrepitosamente sobre las angustias venideras.

Aspiro que estos muchachitos hijos de la guerra algún día digan lo que piensan. Pase lo que pase. Esa es la verdadera función de la educación: impedir que los estudiantes sean sumisos, gregarios y temerosos. Obvio, que aprendan a dividir, a elaborar oraciones moderadamente entendibles y a saber que Barranquilla es la capital del Atlántico. Eso ya lo están logrando. Pero lo importante, eso creo, es que un buen día se levanten y vociferen sus opiniones argumentadas pase lo que pase. Que sepan que es el cambio climático y reciten el discurso de los derechos humanos sin que les falte una coma. Eso seguramente lo conseguirán con el tiempo. Pero lo trascendente es que rechacen el utilitarismo, el facilismo y la inconsciencia. Así entenderán  de una vez por todas que el número 10 de la Selección Colombia de las Ciencias y el conocimiento no es David Ospina.

Un soldado corpulento y rubio llama a la profe por su nombre. –Profesora, Rosario, acaba de ser relevada de su cargo en la Escuela, a partir de la fecha. Mi comandante le da tres horas para que se vaya del pueblo– Temblaba y lloraba. –Y los niños– Preguntó. –Dejarán los lápices, seguirán a Dios y empuñarán las armas. Estamos en guerra-

El invierno en Barcelona arrecia. La televisión cuenta que Messi le marcó un doblete al Osasuna. La profe Rosario come tostadas con tinto cerrero. En el viejo equipo de sonido se escucha a bajo volumen un vallenato melancólico. La tristeza le coloca una emboscada de sentimientos encontrados a la vieja profesora.

Por estos días Valledupar arde. Los resplandecientes centros comerciales, las suntuosas avenidas, los parques acogedores, las mansiones del norte, todo está en llamas. Sin embargo en la iglesia ratifican con evidente descaro que Dios tarda pero no olvida.

Los guerreros prometieron la libertad, pero la historia de la libertad según el poeta Rafael Cadena, es así: Los hombres luchan por la libertad, y la ganan con duros golpes. Sus hijos, criados en la  facilidad, se la dejan arrebatar, pobres idiotas. Y sus nietos vuelven a ser esclavos.

Valledupar es un paraíso. Pero yo no creo en paraísos. Espero que los estudiantes exijan de ese paraíso de la miseria (guerra y creencias), poder abandonarlo cuando se hayan hartado de él. Seguramente mis estudiantes ya no recitarán a Octavio Paz: preceptos y conceptos, soberbia de teólogos: golpear con la cruz, fundar con sangre, levantar la casa con ladrillos de crimen, decretar la comunión obligatoria.

Dispararán a cualquier lado, mientras la rabia se vuelve filosofía.

Por Osmen Ospino Zárate

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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