Cada semáforo de la ciudad es un cementerio de historias. La que vende toallas, los que extienden una valla publicitaria, el que vende bebidas energizantes, los que arrojan agua licuada a los parabrisas sin previo aviso, los que teatralizan con los cuchillos de la pobreza, el que traga fuegos burlándose de una úlcera implacable, los venezolanos que nos recuerdan que la migración de colombianos al vecino país hace 40 años nos sabe a sangre aún y no sabemos cómo compensarlos. Todos tienen su propia, “érase una vez”.

Lo que dice la Historia está en el manual. Busco monedas, bajo el vidrio, “Dios lo bendiga”. Es maracucho, su mujer y el niño de escasos meses. O, es colombiano, pescando en río revuelto. “Los condones alargan la felicidad”. Quise decirlo y me lo guardé. La frase sigue siendo cuestionable y todo lo demás, y por razones supraéticas no hace parte de la “decencia” de la malla curricular. Mi hija sonríe. Yo imagino un coctel de ideologías, educación y política con una cereza nadando en limonada. Un vaso de vidrio, un pitillo plástico. Son cinco mil pesos.

El fin de las ideologías debe ser visto como el fin del sujeto, para darle paso a un individuo acrítico  y cómplice, fabricado por las Instituciones educativas de “élite” o por las de “garaje”, al final es lo mismo, por lo comunicadores sociales y los Medios masivos de comunicación al servicio de las decisiones gubernamentales(Pavlovsky,1995). Mientras esto pasaba, el triángulo equilátero seguía dormitando en el tablero.

No se trata entonces de la importancia de las Tics o la relevancia del inglés, que las tiene, sino de la colectivización de la conciencia de los individuos que se gestiona día a día y su responsabilidad histórica. Cuando la Institución educativa y con ello sus docentes comienzan a perder su función crítica desde todos los lugares y matices, la Ética se convierte en un fantasma más que cada vez asusta menos.

La educación de mala calidad, a veces, cuando no mata, estimula la imaginación (El mototaxismo, la venta de minutos, el discurso flagelante de los semáforos, etc… lo prueba sin misericordia alguna a cada instante).

Esto hace que nos hayan robado el sentido humano, con una carga de sutileza que nos hace ver descartables y prescindibles ante cualquier espejo social, laboral o académico. Este tipo de educación mantiene el cuerpo, pero lo despoja, aniquila las ideas, cercena el pensamiento, lo cual es una manera de quitarnos la vida. Silenciosamente. Por tanto, los dilemas del aula de clase implican que enseñar no es comprender al otro, es entender la lógica con la cual ese otro aprende.

De una u otra manera, los docentes no pueden materializar las prácticas pedagógicas en miradas únicas y estáticas sobre lo que acontece y menos sobre el porvenir. Ubicarlas en un contexto y en función de los cambios que se operan en el mundo, indica una constante y revulsiva reelaboración de tales prácticas. No hay camino, nunca ha habido, el camino somos todos, hoy y dentro de 50 años.

En el mundo educativo de hoy aunque cueste deglutirlo las cosas están “cantadas”. Lipovetsky lo dice: hay una permanente producción de subjetividad que nos arroja a un proceso de estandarización de las formas de pensar.

Aunque no parezca la agenda geopolítica mundial indica menos solidaridad, frustración permanente frente a las utopías, más introspección, más narcisismo, “usted no sabe quién soy yo”, los demás importan poco.

La sensación que “vende” esta educación “exitista” es que ese es el mundo que hay. Un mundo con poco espacio para los soñadores. O haces parte de la ceremonia de los halagos, o eres un yuppie perfumado, o eres un profesional de marketing, o te quedas en esa zona oscura, derrotista, adversa. O, bueno, te puedes suicidar, te puedes deprimir, te puedes resignar, o puedes, que se yo, crear territorios de producción de subjetividades, ir por las veredas distantes, donde los pájaros le cantan a la luna, donde el fragor de sentirse independiente de las maquinarias de las “verdades” educativas, te permitan ir al encuentro de otras opciones existenciales. Ser optimista es la cura para volver a la siguiente clase. Para avivar esa pregunta con ropaje de “boba” que recorre todos los planes de clase de la malla curricular sin ser vista.

Es como crear líneas de fuga para ese exasperante currículo infalible del cual todos queremos huir.

Líneas de fuga son aquellos túneles sombríos que hablan con cierta melancolía del fin de las certezas desde donde se construyó la fábula economicista del mercado educativo, y como si fuera poco, desde donde se le debe dar “cristiana” sepultura a los discursos hegemónicos que nos impiden re-crear la felicidad como un bien colectivo para los niños y jóvenes que nos confía la sociedad.

La educación como campo político-ideológico puede, desde los niveles temáticos ofrecer cambios sustanciales a la sociedad. Deconstruir lo superficial, lo accesorio, lo políticamente correcto. Alejarse para confrontarse a sí misma como institución, de sus códigos en desuso, de sus funcionarios burócratas, de ese mítico sistema social monstruoso y peligroso que acuna leyendas increíbles y que odia a la Ciencia. Y que aplaude al unísono los Sistemas de gestión de la calidad. Informes, cuadros, reuniones… todos repiten, nadie aprende. Todos se dicen “doctores” y se adulan con desmesura. La hipocresía para esa fecha trascendental no necesita tarjeta de invitación. Es la postal que no podemos seguir guardando en la memoria del discurso docente.

Renunciemos, entonces, a esa educación que no conmociona a la opinión pública. Recetaria, bancaria, mecánica, aburridora. Porque si no la televisión y el fútbol, puto fútbol, y las telenovelas, con sus comienzos angustiantes y sus finales felices, y los reality Show con sus metáforas espartanas seguirá asombrando a los estudiantes.

Si lo que enseñas o aprendes no te altera el estado de ánimo, no te hace subir al tejado a averiguar dónde anidan las ilusiones, no te invitan a preguntarte sobre los orificios mentales que deja regados en la memoria las esperanzas inconclusas no sirve, no aplica, no vale la pena, ni enseñarlo, ni aprenderlo. Saber ¿Cuántos kilómetros navegables tiene el río Orinoco?, seguramente te convertirá en el Rey león de los actos cívicos.

Este largo e histórico partido de la formación humana lo va perdiendo la educación y lo va ganando el “entretenimiento” por muchos goles, digo por muchos pobres, y con varios ceros a la derecha.

La lluvia arrecia. Los dioses de la mugre que habitan el semáforo parecen siluetas que se apretujan como bultos debajo de los árboles de mango, en los sardineles del Centro comercial Los mayales, debajo de los tejados de la sede de COOMEVA, disfrutando de la rotura previsible del inmenso techo que la lluvia se inventa por estos días. Para ellos la luz roja es una oportunidad de oro para mitigar los dolores de la miseria. Las monedas que reciben están contramarcadas con los colores de la lástima, la sinfonía del temor y la sonrisa fingida de la indiferencia. Raúl cojea, Margarita se “chupa” todo lo que mendiga, Raquel tiene 2 casas por los lados de la Cuarta. Todos cuidan la espalda de todos con sus propias espaldas.

A las palabras discriminación, injusticia y abuso con su narrativa de tragedias de la noche a la mañana la convirtieron en solidaridad. El infortunio los une. El rebusque los identifica.

Para ellos como para la educación no todo está en el manual. Ambos tienen su propia discursividad. Ya conocemos (eso quisiéramos) los relatos que le dan vida a ese microcosmos que se llama semáforo. Ellos sin decirlo son la denuncia áspera que la sociedad se niega a escuchar. Son esa ciudad invisible que se visibiliza cuando aparece el ojo rojo de la realidad inapelable. Busco monedas, no hay monedas, bajo el vidrio, el “Dios lo bendiga” no se escucha.

A la educación en cambio le corresponde deconstruir conceptos, teorías, creencias, informaciones o valores.

Si los docentes no lo hacemos ya, vamos directo a un precipicio en donde nuestra labor será más temprano que tarde absolutamente prescindible, indiscutiblemente descartable.

Si pensamos que los males educativos son exteriores el manual sirve. Cuando sentimos que los males educativos comienzan conmigo el manual no puede responder qué es lo que quiero y qué relación tiene eso con la vida “real” de los estudiantes.

Lo demás, todo el mundo lo sabe, viene en la televisión. Y para eso, todo el mundo lo sabe,  están los manuales.

 

Osmen Wiston Ospino Zárate

@osmenw

www.osmenospino.blogspot.com

 

 

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