El colegio se llama Leonidas Acuña. El cruce de caminos donde se encuentra no se parece a lo que era.
Antes: calles empedradas que serpenteaban sin orden alguno sobre una tierra áspera. Una especie de trochas miserables y a lo largo una cuantas casas que servían de refugio a la más infame pobreza. Los sones de Alejo Durán se escuchaban en viejas radiolas y el Ron caña no faltaba. La educación era la religión y la Ciencia una “cosa” repleta de pecados. Por los descampados pasaba un vehículo destartalado de vez en cuando.
Hoy: las calles se ven bonitas. El Centro comercial Los Mayales les hace creer a muchos que el mundo avanza. En el colegio se habla inglés y las tecnologías van a mucha velocidad. En el semáforo poco importa si las luces están en verde, amarillo o rojo. Importa el cementerio de historias que nadie escucha, los relatos de la miseria que el hambre congela. Está delgadísima, trae un trapo sucio en la mano, cojea. Debe tener 50 años, pero no, son 30, eso creo. La pobreza no sabe de restas. 500 pesos está bien. La palabra gracias no encuentra resistencia. Cualquier cirujano maxilofacial haría fiesta ante la escases de dientes. Deja de cojear y se va.
¿Ustedes saben a qué sabe la música que emite a borbotones un piano? Silencio total. Alguien murmura, que sí sabe, pero se lo guarda. Esa es una consecuencia nefasta de la Educación tradicional. ¡Para que pensar, si para eso hay un ser superior que soluciona todo! Yo tampoco soy erudito en los sonidos del piano. Y qué importa.
Lo urgente es que todos los estudiantes tengan la oportunidad de aprender a partir de distintos contextos. Y que todos puedan tocar el mismo piano sin que tengan que matarse entre ellos por el color del instrumento o por la cantidad de subjetividades interpretativas que sugiere la música.
El colegio está perdido. Los docentes están perdidos. Los estudiantes corren el riesgo de seguir perdidos el resto de sus vidas si se les sigue “masticando” contenidos, temas, conceptos, DBAs, teorías… como ebrios perniciosos del oído y del alma.
No se puede enseñar Biología a espaldas de la Ley 100 de 1993. Tampoco el número de huesos del cuerpo humano sin que el estudiante sepa por qué en este país las personas humildes se mueren en la puerta de los hospitales y clínicas en las narices de las EPS. Menos, muchísimo menos, entender de Geopolítica, al margen de las imágenes dantescas que nos recuerda que las migraciones venezolanas no se solucionan con conciertos musicales. Y por supuesto la palabra célula sería una entelequia sino se relaciona con la profunda crisis (Promoción automática) por la que pasan las facultades de Medicina.
Yo sé que 5 por 8 va seguir siendo 40 por mucho tiempo. Así ese resultado esté vacío de contexto. Y que por esa miserable razón los estudiantes sepan multiplicar pero sean engañados tristemente por el cachaco de la tienda.
Obvio, ese propietario invisible sabe para qué sirven las Matemáticas, no por lo que diga la teoría específicamente, si no por el contexto de pérdidas y ganancias que él conoce y domina por los 6 lados de sus angustias económicas.
En cambio en la educación colombiana se “pasa” de un grado a otro, de un semestre a otro, de pregrado a especialización, de maestría a doctorado sin mucho esfuerzo, es “un vértigo de ansia, angustia y risa, es como andar en caída libre, sin estorbos, hacía el pozo sin fondo de la nada. Entre la risa amarga, la tristeza sin límites, estudiantes, docentes, incluso padres de familia, cuando los hay, y la ciudadanía beben un cóctel de veneno”.
Faciolince arremete contra Vallejo, pero en el fondo, es la definición que mejor le calza a las tareas educativas en Colombia.
Lo “peligroso” en Colombia es enseñar a pensar críticamente. Mientras hables de las bellezas naturales y el potencial ecoturístico del Río Catatumbo todo bien. Pero eso no sirve. Cuando se enseña lo obvio, lo que se pregunta en las Pruebas SABER, todo el mundo aplaude. Pero eso no sirve.
La idea es que los estudiantes debatan sobre la lucha territorial de los grupos ilegales y la impotencia (complicidad) del estado para garantizarles a los colombianos que viven a orillas del Río Catatumbo una vida decente. Eso es desarrollo del pensamiento crítico en todas las naciones civilizadas. Aquí en Colombia es adoctrinamiento. Un “peligro” inminente. Bueno, pensar distinto siempre ha sido “peligroso” para los gobiernos que “viven” de la violencia y la corrupción.
Lo “políticamente” correcto y lo “éticamente” aceptable es hablarles de emprendimiento, economía naranja y competitividad…
O sea entretenimiento, distracción, Netflix, un reality de modelos, puede ser. En eso se convierte la educación cuando los estudiantes “ganan” el año sin saber leer, escribir y pensar.
Viven la vida en blanco y negro. Confunden derecho al trabajo con la defensa del espacio público. El comparendo de la empanada, el suicidio de la joven y su hijo en Ibagué y el show circense en la frontera colombo-venezolana a costa del dolor de los migrantes, impide ver el último escándalo de corrupción. Ya nadie habla de Odebretch o Hidroituango. ¿Cierto?
En esas andan las Instituciones educativas; mucho espectáculo, mucho pasatiempo y cuando aparece la crítica irreverente como sello inaplazable de ésta nueva generación de estudiantes se le amenaza con la espada fulgente de la censura.
Educar sin la mordacidad de la crítica es asistir a una ceremonia de halagos entre hipócritas. Es tapar con una alfombra reluciente lo que no se quiere escuchar. Es invisibilizar lo que todo el mundo quiere practicar e imponer lo que se aborrece. La clave es el respeto intelectual. Con el la obediencia puede ser retirada del diccionario.
En ésta educación de hoy no hay dioses, ni héroes, ni hazañas increíbles. Tan solo hay seres humanos involucrados en una tarea inhumana. Madres cabezas de hogar que le roban a la desesperanza la posibilidad que esa o ese estudiante que nació de sus entrañas, en el Leonidas Acuña le enseñen a pensar críticamente algún día no muy lejano.
La madre de familia tiene prisa. Esas urgencias cotidianas le hacen pensar que las Pruebas SABER no sirven para nada. A veces yo pienso igual. Para la estudiante de undécimo mis argumentos son sólidos. Suenan bien. Sonríe. Universidad, éxito, becas, viajes, conocimiento, ingresos altos, reconocimiento, calidad de vida. La señora prometió pensar lo del Preicfes. Se va tan de prisa como llegó. Viste de azul.
Clase de piano número 1: el cerebro debe memorizar correctamente las secuencias de sonidos, deberán desarrollar una gran destreza, una técnica inmejorable: mejora tus movimientos de dedos, haz tuya cada canción o pieza y muestra tu lado sensible y plásmalo en cada matiz.
Todas las manos en el teclado del piano. Toda la sociedad en el teclado de la educación. Que se escuchen champetas, vallenatos o cumbias. Pero que sepan distinto. Toda crítica es diversa. El cerebro la oye y el cuerpo la sufre.

Por Osmen Ospino

 

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