Escribe con cifras los siguientes números: Diez: 11, Noventa y ocho: 99, Ochenta y uno: 82, Sesenta y seis: 67. Y así sucesivamente. Después una x gigantesca, aterradora y muy de estos tiempos violentos le notificaba al niño de 7 años que el examen había sido reprobado. Hay una región del cerebro que piensa solo en fútbol, en los domingos ataviados de patriotismo, en historias místicas de autosuperación mitificadas alrededor de ese vicio colectivo, que se reconfigura cuando 22 tipos con uniformes diferentes se transan en una lucha feroz por las mieles del éxito efímero o el fracaso paulatino. El señor Google lo dice, sentado en una butaca de felpa negra, espaldar mullido, digamos derruida. Google tiene una cara de asesino bárbara, medio bizco, cara entre retardado y de criminal, cojo pero de andar rápido, zapatos con hebillas brillantes y plataforma alta. Hay otra región del cerebro en la cual Google simplemente dura, lo que dura un orgasmo. Es una región con muchas ventanas y en cada una de ellas hay luz, y se asoman muchachos y muchachas con sonrisas inmensas, unos llevan relojes antiguos, otros prendedores baratos en el pecho. Todos están enamorados de todos, perdidamente, ilusos, románticos, tiran llaves a la calle, unas recogen las llaves, todos y todas en medio del bosque y la lluvia, llaves y lluvia, llaves para entrar al mundo de la realidad y lluvia para multiplicar el conocimiento. Bruner, y no Google, sabe que “las universidades están en posición privilegiada, como sede de la inteligencia del país, para contribuir al diseño de un Proyecto de Nación. Para ello, deberían también propiciar los grandes consensos que sirvan de base a tal Proyecto y a las políticas de estado, de largo plazo, que del mismo se desprendan” Más progresividad de los aprendizajes, menos enseñanza, dijo alguien, observando un juego de fútbol.

Hay una luna llena sobre Valledupar, los jardines parecen plateados, los árboles negros se recuestan sobre el cielo gris, los pájaros dormitan, es una película en blanco y negro. Si, la educación colombiana en todos sus matices conceptuales y sus estrategias aburridoras, no hace parte de la agenda visible y pública del país, por lo menos no en el porcentaje que se merece, esa actitud paquidérmica y mezquina del alto gobierno, sincroniza perfectamente con el concepto de posverdad que se tramita en las redes sociales. Un 50 por ciento nos colocamos del lado del pensamiento divergente del niño mexicano, le calificaron con una x colosal de color rojo por “pensar fuera de la caja”, otros se congraciaron con el pensamiento descontextualizado del profesor, olvidaron que la x monumental de color rojo el niño le dio clic en la tecla “eliminar” hace exactamente 7 años. Las burlas se burlan de ellos mismos.

Sin embargo, como el debate alrededor de la educación debe ser alto, largo, ancho, dinámico y permanente, Tomás Recart, un joven chileno que pertenece a la Red ENSEÑA, cree que “el problema no son los profesores, sino un sistema que requiere de muchas manos diferentes en muchos lugares diferentes de la sociedad”. Está claro: Microbiólogas por ejemplo enseñando Ciencias con la didáctica de las Ciencias y con la experticia que posee sobre epidemias, virus, patologías… desarrollar los niveles de aprendizajes de los estudiantes, al final de los tiempos es lo que importa. Basta ya de temas, contenidos y tareas inocuas, y démosle la bienvenida a esas múltiples voces, disonantes incluso, porque pertenecen a lugares diferentes de la sociedad, a ámbitos distintos del conocimiento, y si, a discursos divergentes de otras disciplinas. Los pedagogos no seremos reemplazados por alguna máquina de enseñar, pero afortunadamente ya no somos la pieza fundamental única. La Coca cola en el desierto con la tapa contramarcada dejó de ser nuestro apellido vanidoso.

La cultura, la sociedad, la familia, la escuela y la universidad desde tiempos inmemoriales son cada una a su manera una “caja” con múltiples características y posturas estrambóticas. Todas estas potencialidades humanas más temprano que tarde ocupan un pupitre en el aula de clase. Algunos tienen los ojos claros, verdosos, entre pardos y verdes, grandísimos, que le comen la cara, si uno lo mira más de tres segundos. Estudian pero no leen, miran el tablero como quien toma cerveza frente a un mar sin gaviotas, el televisor enorme por fin comenzó a funcionar, las diapositivas desaparecen una tras otra en una orgía de colores, piensa en el horario, Psicología evolutiva la pasa con 1.8. El profesor de Ética profesional supone que entiende. Está en Quinto de primaria y sólo ella lo sabe. Ese poder nadie se lo quita al estudiante. Nadie. A algunas se les nota esa melancolía, se ubica en el fondo del salón, revisa cientos de veces el celular, quiere encender un cigarrillo, tiene los ojos raros, se le van empañando. Son azules, acompañados de un odio salitroso. Las palabras de la profesora son cuchillos que van a los ojos, los esquiva con movimientos artísticos, ritmos calenturientos emergidos de esa Champetas de las barriadas de Chambacú. La profe quiere un mapa conceptual, ella quiere ser feliz. Sobre el pupitre tiene un montón de papeles y en ninguno reza que un mapa conceptual sea la vía más discreta para llegar a ese lugar recóndito e inhóspito que algunas aún llaman felicidad.

Afuera el sol como buen soldado de los tiempos, capitanea una intensa ola de calor que incendia la ciudad. Una motosierra corta en pedazos un viejo Caracolí. En las canchas un balón salta, en la cafetería un mozalbete fornido corta una flor amarilla del jardín y se lo coloca en el cabello a una pelirroja de mirada triste. Con el mismo movimiento ella abre la mano derecha, recibe un papel ajado, “alguien pregunta por ti”, ella lee, está firmado por un fulano que se llama “yo”. El baño está oscuro y la joven pelirroja no se da cuenta que la flor resbala y se cae. La universidad está repleta de árboles que no dejan ver el bosque. Docentes y estudiantes no dicen de dónde vienen pero la manera cómo enseñan o cómo aprenden los delata. El estrato social, los ingresos familiares, los amigos de infancia, el grado de escolaridad y las condiciones socioeconómicas están en la Universidad. Esa casa de Ciencias no ha podido encontrarles un sitio decente en sus entrañas, porque aunque su misión, visión y filosofía es ser incluyente, sus dogmas inexplicables crean disparidades terribles que se materializan en el rendimiento académico que ostentan y en la percepción que tienen de la realidad. Las lentejuelas de la vida siguen cubriendo la boca furiosa de la alcantarilla.

La joven se pone de pie, se llama María Fernanda, ella está con el pelo suelto, raya al medio, un traje largo de encaje negro, pero no transparente, sin mangas, la hondura de las tetas es infinita, pollera vaporosa. Es el aula de clase, hay fiesta, la fiesta del conocimiento y ella como nunca está lista. La orquesta hace sonar una especie de introducción. El diploma es lo de menos, todo el mundo tiene uno, de lo que sea, en lo que sea y para lo que sea, menos para la búsqueda intensa e inesperada de la felicidad. Recuerdo que lo más importante para un docente es pensar fuera de la “caja” y hacer que sus estudiantes se sientan cómodos fuera de ese espacio agradable y esclavizante. Recuerdo que Buarque lo dice sin miramientos, “La universidad del siglo XXI, es decir, sus docentes, no puede responsabilizarse por los conocimientos de un ex alumno formado hace algunos años. Es por ese motivo que un diploma universitario debe conllevar la exigencia de reciclaje del conocimiento a lo largo de toda la vida profesional” El diploma se lo come el tiempo, los conocimientos inexplicables duran menos, seguramente.

En aquel viejo muelle, en la joven Piedragógica, por más que no quiera parecer, soy aquel viejo docente de sienes canosas que gobierna desde el timón, llevo mi gorra de capitán, fumo una pipa, a mi izquierda está una linterna de luz fuerte, la puerta de la cabina está entreabierta, los marineros no tienen por qué saber que la tierra firme es una forma de regresar a las cavernas, solo los buenos docentes entienden que educar es saber lidiar con el viento en medio de la tormenta.

Tristemente, como reitera De Zubiría, “los profes, en pleno siglo XXI, seguimos dedicando excesivo tiempo a la calificación y muy poco a la evaluación. Por lo tanto, el debate en redes no lo perdió ni el niño ni el docente, sino la inaplazable revolución pedagógica que necesitamos en el país para centrar el trabajo de las escuelas en el desarrollo, en la progresividad, y no en el aprendizaje, como desafortunadamente ha sido la costumbre desde tiempos inmemoriales”.

A lo mejor en otra noche promiscua, la Universidad, la educación toda, deberá ser repensada. Madres, padres, estudiantes y docentes contarán historias pastoriles de Quijotes que luchan contra molinos de vientos, historias que abren los ojos a las incertidumbres de los días y a las compasiones de la noche. Quizás así, el niño mexicano de 7 años, pueda comprender que después de 10, aunque realmente importe poco, siempre sigue 11, pero en cifras.

Por Osmen Ospino Zárate

 

 

 

 

 

 

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