El pasado lunes 15 de septiembre, Janeth Neyra llegó como todos los días en horas de la madrugada al Mercado Público de Valledupar. Lo hizo con el mismo fin que la motiva desde que tenía  6 años de edad; trabajar. Sin embargo en esta ocasión se encontró con una desagradable sorpresa.

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Se trata de un sello colocado por parte de la Administración Municipal de Valledupar, a través de la Secretaría de Salud, la cual luego de hacer una inspección a los baños del lugar, determinó que estos no se encontraban aptos para la prestación de servicios.

Sorprendida con la situación, Neyra quien trabaja cuidando y aseando los baños, se dirigió a la gerencia del mercado, con el fin de hablar con el gerente (  ) acerca de lo ocurrido. Allí el funcionario le dio la noticia de que debían adelantar trabajos de remodelación a los baños que ella cuida, asea  y de paso administra. Esa es de todos modos una buena noticia. La mala es que luego que los trabajos de remodelación terminen, ella no seguirá administrando los sanitarios.

Según el aviso colocado en la puerta de uno de los sanitarios, desde este miércoles 24 de septiembre comienzan los trabajos para remodelar los baños. Pero según la misma Janeth, y citando palabras del gerente, a ella no la quieren más allí trabajando.

Es una concesión

El trabajo de Janeth Neyra, de 40 años de edad comenzó desde que ella tenía seis años de vida. Desde esa época cuidaba los baños con su mamá. Luego de que ella falleciera asumió esta labor, con la que ha sacado adelante a tres hijos con quienes reside en el barrio La Nevada de Valledupar.

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Por mantener los baños y usufructuar la actividad, Neyra debe cancelar mensualmente 180 mil pesos más iva cada mes a la gerencia. De hecho ya el mes de septiembre lo canceló, pero a pesar de que le fue anunciado su retiro del mercado, lo que no le han notificado es cuando le devuelven el dinero ni por qué no quieren que ella siga laborando allí.

Vuelve todos los días

Encontramos a Jenth Neyra sentada sobre una chaza desocupada a pocos metros del baño que cuidaba. No tenía su delantal blanco ni los rollos de papel higiénico que le entregaba a cada persona que usaba el sanitario. Esta vez su mirada estaba lejana, sus ojos llorosos, pero cargaba una bolsa con algunas verduras en sus manos. “Esto me lo regalan aquí, vengo todos los días y la gente se apiada de mi” dijo con la voz entrecortada esta mujer que no aprendió a hacer más nada, sino a asear y cuidar baños, pero que ahora está preocupada porque no sabe de donde sacar el sustento de ella y  de sus hijos, a los cuales le ha tocado levantar sola.

Crónica
Por Limedes Molina Urrego

 

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