El guitarrista sin nombre termina la canción y extiende una vasija derruida para que el transeúnte desprevenido deje caer una moneda que no le sobra. El transeúnte es un salvaje que se ha vuelto capitalista porque estudió una carrera profesional, nació en un hogar moderadamente decente y presume de ser un colombiano ejemplar. Después consiguió un trabajo anodino, no sin antes arrastrarse como un reptil venenoso, tras las migajas pútridas del mercantilismo feroz. Cuando llega por las tardes a su modesta mansión, las piernas entumecidas le recuerdan que es un esclavo. Besa a Fabiana, su hija de 12 años, abraza a Carolina, su esposa abnegada, saluda a Capitán, su mascota de alto pedigrí y se toma un vaso de agua contemplando como se escurre la tarde por el bosque de Cipreses. Quiera o no es un remedo de capitalista.

     Entonces, me pregunto, ¿el arte, la educación y la miseria son grandilocuentes, son un espectáculo? Debo contestar que sí. Son piezas bien diseñadas de un pasatiempo denigrante que hace parte de un panegírico mucho mayor que se denomina entretenimiento. Es una ceremonia que vive del aplauso, financiado por las empresas y por la voracidad politiquera del estado. Artista es el guitarrista invisible que vive de la falsa moneda que lo hace libre. Su horario lo dictan los amaneceres grises y las noches meditabundas. El viaje de los cuchillos del hambre amenazando la siesta del mediodía. Esa libertad es imposible comprarla. Imposible venderla.

     En una ciudadanía que es víctima del consumismo está mal visto ser artista y morirse de hambre. Y es así, porque la sociedad está cimentada sobre la algarabía del negocio. Las ideas no están a la venta, porque son trasgresoras. Sino no son ideas. Por ello el arte es desobediente: debe incomodar las leyes, las normas, los pactos y las costumbres. El verdadero artista debe generar impacto social con sus canciones, sus pinturas o sus poemas. No colocarse al servicio de los valores morales establecidos. Lo anterior no genera aplausos ni simpatías, y mucho menos, contratos millonarios. Cuando la obra artística surge de la hostigante marginalidad cuestiona el orden social burgués, la corrección política y la avaricia de los mercados. Todo es irónico. Extravagante.

     Pero, cuando ese arte libérrimo es comprado o rinde pleitesía al Estado y a los empresarios, las ideas brillantes del artista se cotizan y se glorifican, el artista se enriquece y su filosofía es el dinero, sus opiniones se reciclan y se viralizan, y por supuesto, se convierten en frases publicitarias que se usan como propaganda en la mitad de un partido de fútbol o en los espacios publicitarios de la telenovela de las 4 de la tarde. La farsa del neoliberalismo se incorpora sutilmente a la cultura.

     El antropólogo, Carlos Granés, en su libro, “Salvajes de una nueva época”, afirma que, “la gracia del arte radica en que es la actividad libre por excelencia. Pero ésta actividad insubordinada y creativa ha sido rondada permanentemente por dos amantes peligrosas. La política y el capitalismo han tratado de multiplicar sus fuerzas fundiéndose con ella”. Los politiqueros se ufanan de entender el arte porque compran un óleo contestatario o creen entender este poema: Alguna vez iremos por un mundo medieval. Pasaremos junto a nosotros y nos escupiremos. No sabremos nada de nosotros. El silencio desolado será nuestra piel. La soledad será breve. Tan breve como el abismo hacía donde voy. Y del cual me niego a huir. Los capitalistas argumentan con evidente descaro (e ignorancia) que las obras artísticas deben incentivar el turismo o bien son armas estratégicas para las luchas ideológicas de hoy y del futuro. La mercancía cultural es como especie de bodega oprobiosa a la cual se le saca provecho en las leyes de la oferta y la demanda electoral. Son damiselas que se exhiben sin pudor alguno.

     Tengo que decirlo, quizás el arte vanguardista del siglo XX, compañero de luchas de los movimientos políticos de esa misma época, han acabado sellando un matrimonio indisoluble con los sacerdotes del mercantilismo, renunciaron a sus voces subversivas y se vistieron con el ropaje fraudulento de lo éticamente aplaudible. Le dieron la espalda a ese repertorio audaz y extremista, para darle paso a un tono hipócrita, populista y negociable. Las ideas encadenadas al dinero, no son ideas.

     Octavio Paz, lo expresó en varias ocasiones también, en el arte de hoy, ese que ocupa las marquesinas de las necesidades básicas y se siente a gusto en la borrachera de las simpatías; “la rebeldía es un escueto procedimiento, la crítica es retórica pura, la transgresión es una simple ceremonia al servicio de la moda. La negación ha dejado de ser creadora”. No digo que el arte llegó a su fin. Pero estamos viviendo el fin de la idea que se debe tener del arte como espacio de libertad.

     Digamos para intentar ser precisos, ejercicio muy complicado, por cierto, que las obras artísticas, y por supuesto, los artistas, navegan en el gaseoso dilema de la subversión y la subvención. Granés explica lo de la subvención así: “convertidas en simples mercancías culturales, las obras llegan al público con el cablecito rojo suelto, desactivadas. Pueden divertir o aburrir; jamás estallar”. La pincelada literaria o la obra pictórica no esgrime contenido emancipador, cosmovisiones utópicas, no muestran inconformismo y mucho menos rebeldía. El movimiento cultural, entonces, queda reducido a un espectáculo decadente para rellenar las programaciones tediosas o para hacer parte de los cronogramas para espantar el fastidio colectivo. Pero aun así, alguien paga por ello, alguien lo subvenciona. Al final eso es lo que importa.

     Mientras las obras “artísticas” se venden como pan caliente, son populares, coloridas y rimbombantes, en el fondo, no pasa nada con ellas, aportan poco. Solo reciben como recompensa las afligidas frases: “que cuadro tan bonito” o “que poema tan interesante”. En la vereda del frente, obviamente, las estrategias de comunicación de los políticos populistas tipo Trump, Bolsonaro, Maduro, Uribe o Putin son ruidosas, escandalosas y muy efectivas. Se nutren de los “me gusta”, “estás conmigo” o “estás en contra mía”. La politiquería vive de la polarización y eso vende y da votos. El arte no divide ni propicia debates. Los artistas ni son buenos ni son malos, son artistas. Nadie quiere reflexionar, criticar o analizar. Como en la educación: creen que escribir es trascribir.

     El guitarrista se recuesta en el rincón maloliente. Su arte es incorrecto. Está acabado. El triunfo es propiedad de los “buenos”, de los que respetan la cola, saludan y muestran una sonrisa. Aquí se defiende la pared y no se entiende el grafiti. Cuando un artista dice algo crítico o transgresor el capitalismo se lo traga. Lo compra. Por ejemplo el feminismo y el animalismo son etiquetas publicitarias, no movimientos progresistas. Fueron comprados por las empresas. El Punk es otro ejemplo, salió de las alcantarillas y hoy se regodea en las pasarelas. Ya no sirve.

     En las vasijas hay pocas monedas. Son las 4 de la tarde. Un turista pasa y me toma una foto. Soy una cosa exótica. Un civilizado que no mete miedo, que dejo de ser salvaje a fuerza de recoger una moneda para sobrevivir.

     La lluvia cae. Siento el ruido estrepitoso del sueño que llega. El flash luminoso de una cámara fotográfica ilumina el rincón. La pareja de enamorados siguen de largo hacia la Plaza Alfonso López. El agua moja los cartones. La noche como el arte mide muchos metros…  

Por Lic Osmen Ospino Zárate

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