La carrera novena está desolada. Son las 8 y 15 de un Enero febril. Valledupar se encuentra en brazos de una modorra increíble: pasaron raudas las navidades, las celebraciones del fin de año, se acerca la Semana santa, rugen los acordeones en pleno entrenamiento para el Festival vallenato, las vacaciones se acercan, no quiero volver, a aquella ciudad, a donde te amé, por primera vez, las navidades nuevamente y el fin de año otra vez.

Una buseta de TRANSVALLE se desplaza lentamente por la calle 16, se detiene, el chofer me mira con cara de mango. ¿Pasa por el Centro Comercial Los Mayales? Le pregunto. Una cuadra antes. Me contesta sin mirarme. Lleva una camiseta amarilla con ribetes verdes, parece la remera de Brasil, un jean desteñido, aparenta 58 años, cabello liso, frente amplia, bigote cenizo, 1 metro 65 de estatura.

Subo. Pago antes de superar el torniquete metálico. Me ubico en la primera hilera de sillas. Al fondo del vehículo se encuentra un joven caucásico, 25 años quizás, atlético, rubio, juega con un celular, ríe, se evade. Va enfundado en un suéter negro, jean azul, cejas pobladas, boca pequeña, puede ser paisa.

En una de las sillas del centro de la buseta viaja una mujer embarazada: morena, cabellos negros, alisados al máximo a punta de plancha y vapor, viste de blanco absoluto, debe estar en el séptimo mes de embarazo. Coloca las manos tiernamente sobre el vientre abultado en silencio. Sobre sus piernas reposa un bolso negro y una carpeta de papel repleta de documentos. Valledupar apenas se despereza.

El viaje transcurre en completa calma, sin una canción dulzona de Silvestre Dangond alborotando el pasacinta, sin el célebre y vilipendiado Serrucho calentando la mañana valduparense. Sin los comentarios fanatizados de los eruditos de la politiquería local en las emisoras de la ciudad.

Extrañamente nadie comenta que los miembros de la comunidad de mototaxistas planean una agresiva protesta, no conozco ninguna protesta que sea absurdamente pacífica, en contra del decreto implementado por la Alcaldía municipal para darle fin al transporte ilegal de pasajeros en motocicletas. El joven rubio juega estúpidamente con el celular, escucha música insulsa, envía mensajes eróticos, recibe mensajes románticos, él es “su” mundo, “su” mundo es él. A la joven embarazada se le nota una honda preocupación. Viene de alguna cita médica rutinaria y las noticias no son halagüeñas. Está pálida y suda a raudales.

El chofer sigue la ruta de memoria: sube por la carrera octava, dobla a la izquierda y se interna por una zona poblada de talleres de mecánica, pasa por las vetustas instalaciones del antiguo Colegio Marco Fidel Suarez y se desplaza hacia la carrera cuarta. Nada anormal hasta ahí.

El rugido feroz de las piedras rompiendo los vidrios de la buseta comenzó a cuatro cuadras del Colegio Francisco Molina Sánchez y prosiguió ininterrumpidamente hasta el CAI de Los Algarrobillos. Mi primera reacción, algo tardía, se deriva de la comprensión de tantas lecturas hechas sobre el conflicto armado en Colombia, los cientos de documentales observados sobre la guerra en Ruanda, los desaparecidos de la plaza de mayo en Argentina, los falsos positivos de Soacha… en fin, de todo un estado del arte sobre el terror inminente para tirarme de manera torpe y de bruces al piso de la buseta.

La joven embarazada lloraba y rezaba como fiera herida. Nombraba a su criatura en cada resoplido de animal acorralado. El joven caucásico ya no jugaba con el celular, parecía un figurín fantasmal acurrucado de terror. Había sangre en mi brazo izquierdo, en el hombro, las esquirlas se enterraban en mis dedos y un hilillo rojizo/negruzco bajaba de las piernas de la joven embarazada, ¡mi bebé, auxilio, mi bebé, auxilio! Gritaba. La miré. Y me quedé quieto. No soy un héroe.

Las piedras eran lanzadas perversamente de los cuatro lados de la vía. Eran por lo menos 20 motociclistas, no me atrevo a pensar que fuesen mototaxistas. Los parrilleros vociferaban palabras soeces, acompañadas de miradas belicosas al valiente chofer. Este sonaba la bocina con desesperación para que los demás vehículos le dieran paso. Por momentos sentí detrás de la oreja la inmediatez de la muerte. Desfilaron por mi mente en cámara lenta todas las frases poéticas asociadas a la muerte. 15 minutos después ya no tenía interés en recordarlas.

Lo único que queda claro de éste picnic criminal que les narro es que la violencia no tiene argumentos. Ninguno. La falta de trabajo no justifica la actitud forajida de los desempleados o subempleados de la ciudad. Atacar sin piedad a los comerciantes, a los taxistas, a los buseteros, a los pasajeros y a los transeúntes inermes para llevarles comida a los hijos, es una horrorosa excusa para alterar el orden público y poner en riesgo los bienes y la integridad física de la población civil.

Es un hecho que por muy humanistas que sean los fines de una causa, opino desde cerca, estuve dentro de la buseta, la violencia lleva a los violentos hasta cierto nivel de deshumanización. Los violentos de las motocicletas lanzaban las piedras con odio. Inconscientes. No preguntaban por la joven embarazada, por su criatura. Se sienten con el derecho de llevar la comida a sus hijos a través de una actividad ilegal manchada de sangre inocente.

Parafraseando a Yezid Arteta, articulista de la Revista SEMANA, “la primera vez que ves la cercanía de la muerte en el rostro de tu compañero de infortunio, duele. A la siguiente agresión, te lamentas. Luego, siguen más actos violentos, y desde entonces todo aquello lo asumes como gajes del oficio o de la causa y terminas creyendo que cada personaje violento forma parte de un engranaje que, como una tuerca o un tornillo, puede ser relevado cuando se quiebra”.

Cuando estaba inerme en el piso de la buseta soportando el ataque demencial de un grupo de motociclistas tenía claro que la ilegalidad aparece casi siempre como respuesta a la debilidad del Estado, pero por más inepto que sea éste, la salida no ha de ser jamás la violencia ciega.

En 10 minutos el ESMAD iniciaba una cinematográfica persecución por las calles de Valledupar. La culpa es del Alcalde escuché. ¿La ciudadanía que presenció obnubilada y empeliculada a lo largo de 15 cuadras la agresión de la que fuimos víctimas la podríamos llamar cómplices? Quizás. La ambulancia rescató rápidamente de un improvisado cambuche a la joven embarazada. La sangre que derramó, entre otras cosas, debe tener el mismo sabor de los alimentos, que aliviará el hambre de los hijos de los motociclistas violentos que atacaron a mansalva la buseta.

Esto no es Ruanda, es Valledupar. Y la violencia ayer, hoy y siempre no tiene ni tendrá argumentos para anticipar sin que nadie se lo pida la ceremonia de la muerte. La mayoría de los analistas en el tema argumentan que los conceptos de legítima defensa e intenso dolor son “aceptables”, en el sentido de responder con violencia a la violencia.

Intento entenderlo, pero no es sencillo.

Osmen

Osmen Wiston Ospino Zárate
Pedagogo:Normal Marina Ariza Santiago
Licenciado en Administración Educativa: Universidad San Buenaventura
Especialista en Metodologías del Español y la literatura: Universidad de Pamplona
Especialista en Educación con enfasis en evaluación educativa:Universidad Santo Tomás.
Diplomado en Políticas educativas públicas: Universidad Pedagógica Nacional.

Diplomado en Investigación Socio-jurídica: Fundación Universitaria del Área Andina.

Diplomado en Docencia Universitaria: Convenio INFOTEP-Escuela de Minería de la Guajira – EMG.

 

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