Es un niño aún. Estudia Ciencias políticas en una Universidad capitalina. Viste un suéter negro, jean azul, zapatos tenis y chaqueta verde oliva. Está asustado. El paro nacional es un río desbordado que lo empuja a la calle. Son muchas hojas las que tiene el trébol: recursos para la Universidad, los asesinatos de los líderes sociales y las reformas regresivas que convierten en miserables a los pobres. Lleva una mochila kankuama que le tejió una de sus múltiples tías en las tardes frías de Atanquez. Lleva en ella un cuaderno de apuntes, lápiz rojo, un ladrillo, 3 piedras medianas, una pañoleta, y mucho miedo.

La educación en Colombia es un abuso de la estadística. Sobre todo para la Ministra de educación, el Ministro de hacienda y para el Presidente. Mientras ellos hacen cuentas alegres y hablan de presupuestos suficientes, incluso se vanaglorian por semejantes logros, la educación, la de verdad, necesita un poco de incredulidad folclórica y algo de compasión por aquellos que, desde las aulas intentan cambiar el mundo a sabiendas que enseñando las tablas de multiplicar nadie lo ha logrado. Y sus estudiantes, tan modositos ellos, intentan hacer lo imposible con medios precarios y métodos imperfectos.

 El mundo, desgraciadamente, es real; yo, desgraciadamente, soy real, escribió Borges.

Daniel, no es Daniel, es un estudiante universitario colombiano que se ve abocado a salir a las calles a protestar porque quiere asegurarles una Universidad de calidad a las hermanas que quedaron en Valledupar. Tiene frío. Ayer murió Dylan. Las llamadas maternas desde la capital del Cesar socavan su carácter.

Él cree que los políticos, esos que están detrás de las balas del ESMAD, algún día deberán buscar oficios más honestos. Quizás lleguen a hacer con algo de esfuerzo cómicos de poca monta o curanderos de dudosa reputación. Es posible que desde esos oficios “denigrantes” cambien el mundo, sacando risas a los incautos o recetando ungüentos de nombres impublicables y efectividad cuestionada.

 Anoche durmió dónde algunos amigos y desde la colchoneta húmeda alcanzó a echar de menos los días de bachillerato en el Leonidas Acuña.

 Aunque los recuerdos le arrancan una sonrisa pendeja en la soledad de la noche, sabe que está en Bogotá para recuperar la libertad y huyéndole a la servidumbre heredada del cruce arbitrario de sus apellidos.

Hoy sabe que el autoritarismo de la ignorancia es un virus terrible. Las buenas universidades garantizan, y debe ser así, ciudadanos austeros y pragmáticos. Colombianos sin apetitos vulgares ni vicios conocidos. Eso es lo que se pelea en las calles. Se pelea para que las comunidades universitarias no sean aterrorizadas, porque cuando eso ocurre; el estudiante, el docente, el padre de familia se acobarda, y el lunes seguramente regresará al colegio o a la Universidad para que le repitan con marcado cinismo que el Cambio climático es un castigo de Dios. La Universidad que se debe cambiar en Colombia y en Latinoamérica es un esqueleto prehistórico, completo, perfecto, con una fractura en el cráneo. Algunas veces cuenta con todos los lujos, pero es un esfuerzo efímero por aplacar la ira de los estudiantes que no tragan entero.

 En otras ocasiones la Educación usa una lanza de madera afilada y brillante, lista para estupidizar y crear desde el barro del odio otra guerra entre buenos y malos. La idea es que nos matemos los unos a los otros. Y ellos, los de las élites, desde un balcón primoroso, lanzan migajas humanas a los leones. Es como la inauguración de la ironía en el aula de clase. Un circo.

 Al día siguiente, Daniel y sus amigos, tomaron tinto cerrero y galletas integrales. Es Bogotá. A la hora de las comidas es cuando Valledupar hace más falta. Se alistaron y a la calle.

  ¿Qué eran en realidad?  Moralistas furiosos o revolucionarios impacientes. O, simplemente un puñado de muchachitos de provincia que llegaron a la Universidad en un momento histórico explosivo. ¿Les corresponde a ellos tomar las banderas en contra de la cultura de las apariencias?

 Apariencia, sí. El frondoso árbol de las apariencias educativas debe ser cortado, no podado. El poeta Machado, nos manda un recado contundente: las nuevas generaciones de estudiantes de América latina deben bajar la ética de la nube digital y volverla realidad en la vida diaria. Mientras tanto, la calle dictará sentencia. Como en Chile, Ecuador o Francia.

Aún en el año 2020 seguimos siendo unos estudiantes y docentes comunes y corrientes. Se sigue creyendo en la conversión del alma, nos encomendamos a vírgenes de vestimentas paganas y oramos a moco tendido como una manera mística de regenerarnos de no se sabe qué. Alguien de barba blanca y finos trajes programa nuestro día a día con precisión. Eso lo dice el catálogo.

 La clase de hoy no tiene la grandeza, ni la efectividad para imponer la felicidad. Eso es peligroso. Daniel y todos los estudiantes del mundo que protestan por tener una sociedad mejor deben progresar naturalmente de un nivel al otro.

Obvio; con rigor, cientificidad, raciocinio y pluralismo. Incluso con algo de dolor. Mientras tanto, esperemos que algún “milagrero”, ese mesías que envían desde el Ministerio de educación  invente una tecnología que genere felicidad colectiva. Esperemos, acostados, en lo posible.

Los gases lacrimógenos no cesan. El ESMAD llega. La muerte ronda. Daniel cada vez aprende más. De Ciencias políticas, de la democracia de la calle. No es un vándalo; policía a veces, encapuchados a veces. Es un estudiante que diferencia una mentira histórica, aunque esté bien escrita.

     La educación que tenemos está construida sobre las bases firmes de las mentiras históricas. Por eso hay que cambiarla. Desde los laboratorios, por supuesto. Desde la calle que es el mejor laboratorio científico-social que existe.

     Daniel regresó a su apartamento sin piedras, sin cuadernos, sin lápices, sin ladrillos, sin pañoleta. Vivo. Las oraciones geométricas de la madre lejana funcionan.

     Así él no crea en ellas.

Por Lic Osmen Ospino Zárate

 

 

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