Tiene el rostro imperfecto, producto de ese mestizaje cerrero, a la fuerza, violación justificada en la premura de la domesticación del amor. Está ahí. Y me mira con fijeza. Dicen que todo cruce humano es incompleto, no por el notable defecto en la curvatura de la nariz, o que escasee donaire en las caderas estrechas de una fémina. No. Adriana tiene los cabellos opacos, la mirada ausente, las uñas mohosas, todas las excusas tercermundistas en un recetario inventado por la marca genética de su familia. Veinte segundos le bastan para que el mapa conceptual con el cual intento explicar el componente literal de la lectura se le empiece a mover de un lado a otro. Los ojos se le cierran intermitentemente. Recuerdo a Ortiz Ocaña, cuando afirma que, es preciso que los profesores reconozcamos la pluralidad y diversidad de las  formas de vivir, estar, ser, pensar de nuestros estudiantes, para no incurrir en  acciones excluyentes en las que subyace la colonialidad en alguna de sus dimensiones.

No es más, la colonización moderna de las prácticas educativas de hoy en el Leonidas Acuña están en el ADN de todas las instituciones de América latina. Adriana ronca exitosamente como marinero portugués. El desinterés del colectivo estudiantil deviene de la imposición del eurocentrismo como única y/o dominante ideología, episteme, epistemología y metodología del conocimiento. En este sentido, urge provincializar Europa. El conocimiento generado por Estados Unidos y Europa es un conocimiento local que ha sido impuesto al resto del mundo (exterioridad) con pretensiones de universalidad, Walsh lo cuenta.

Por eso a Adriana le importa poco entender el intrincado mundo de la lectura crítica, esa feroz lucha con las categorías gramaticales la perdió antes de nacer. Incluso, desde cuando una sanguinaria anemia la rondaba por las noches.

Siento un corrientazo de empatía cuando elabora argumentos decorativos para la miseria en que vive. Sé que su vida es ciencia ficción. Se menosprecia a sí misma. A veces. Y dice que la mamá no le ha comprado el cuaderno, narra que el diccionario se le olvidó, insiste en que Caperucita roja terminó violando al lobo malo debajo de un árbol de mango; y que nadie aún ha puesto la denuncia, por aquello de la despenalización del aborto. Le coloco la mala nota. Le sonríe a la mala nota, me ignora sin recato alguno y sigue durmiendo.

En el fondo lucho como un condenado para no ser un docente eurocentrista. Odio serlo.

Estoy convencido que Adriana no es la niña más perezosa del curso. Es diversa, distinta, diferente, heterogénea. Por tanto el sistema educativo debiera ser como ella, para ella. Pero no. La educación que recibe todos los días, hasta que se durmió, por fortuna para ella, es colonizante, estandarizada y homogénea.

No debe ser extraño para nadie, Adriana, es terriblemente supersticiosa, cree en espectros colectivos como la religión y sus brebajes mediáticos, la brujería y sus charlatanes infalibles y en toda una gama de entes platónicos. Lo más jodido de todo lo anterior, es que esas Adriana que andan por ahí, que se ignoran a sí mismas, son las encargadas de salvar el mundo.

En estos días aciagos en donde Latinoamérica vive al ritmo de los escándalos, no es escándalo decir que la educación es la estrategia de colonialidad por excelencia. En ello, Palermo es contundente.  De hecho a través de ella los seres humanos forman imaginarios, es decir, los europeos y norteamericanos, a partir del corte y pegue que se hacen por estos lares de modelos educativos foráneos, los de acá, nosotros, aprendemos a percibir nuestra cultura con miradas que no nos pertenecen.

Por eso miramos por encima del hombro al negro, al indígena, a la mujer o a los miembros de la comunidad LGTBI. Queremos que Adriana sea como Camila. Creen que estos son moralmente inferiores y cuando reclaman sus derechos haciendo uso del espacio legítimo de la protesta social se sienten incómodos, acuden al lenguaje denigrante de las exclusiones odiosas. Somos un fraude social para ellos.

Pero eso no es cierto, toda comprensión de la cultura propia es conflictiva y contradictoria. La educación también.

Por eso Guillermo, un “terremoto” de rasgos indígenas, debiera llamarse Flecha veloz. Por eso Adriana, una princesa kankuama caída en desgracia, debiera llamarse Luna morena. Pero qué va, el imaginario eurocentrista que burbujea en las venas de la educación a la que asisten les hace mirarse como enemigos encarnizados, son rivales en la competencia de la miseria, disputan diariamente las migajas inmundas que la pobreza les provee. Son infelices. Y les parece de pelos.

Ni en sueños quieren hacer parte del grupo designado por el profesor para buscar palabras desconocidas en el diccionario. Cada mamita todas las noches y por separado los convierten en usuarios fanáticos del negocio del odio. Tan parecidos y tan distantes, eso son, pero les enseñaron a negárselo.

A los docentes casi siempre el demonio del eurocentrismo los hace ver como natural los componentes del currículo y pensamos que son inamovibles e inmodificables. Los contenidos curriculares, estrategias pedagógicas y estilos de enseñanza muchas veces son ajenos a -y están alejados de- muchos estudiantes que provienen de otros contextos socioculturales, viven otros mundos, representan otras historias, tienen subjetividades diferentes, que han sido configuradas en itinerarios no reconocidos, negados o invisibilizados por el discurso del Estado. Palermo lo reitera.

Eso hará que Guillermo y Adriana “pierdan” irremediablemente el año. Aunque en ninguna parte se lea que van a ser infelices solo porque esto ocurra. Y los demás quizás “ganaran” el año y caerán en las garras filosas del sistema político y económico que los hará millonarios, imbéciles, “eficientes” y tristes al mismo tiempo.

Son las 12 y 10. Los dos abanicos vomitan fuego. Los 48 estudiantes salen despavoridos a hacer la infame fila para recibir un almuerzo que sabe a corrupción. Unos no comen. Otros se dejan caer 3 o más almuerzos. Son mis impuestos los que están ahí.

¿Qué hacer el lunes? Los eurocentristas imponen la idea que el conocimiento les permitirá a los estudiantes entender el mundo. Yo creo que el mundo en donde vivimos, sus cosmovisiones, sus ancestralidades, sus vivencias, la lectura de la diversidad nos permitirá acceder al conocimiento. No veo que haya debate en ello.

Creo que para ese momento las partes de la célula estarán ahí, las categorías gramaticales también, y es posible, que uno por uno, sea por fin once.

Aunque duela Adriana y Guillermo no volverán al Leonidas Acuña el año que viene. El sistema educativo colonialista colombiano los convertirá en desechables por no abordar los DBA, por no traer el taller de lectura crítica que se volvió tarea por arte de magia o por no dominar el nivel A1 en Inglés.

Adriana a pesar de mí y del resto será una Sicóloga muy referenciada en las bibliografías de las universidades. Guillermo será un prominente médico siquiatra en este país de dementes.

Ambos vendrán a una sesión del Grupo focal Alfredo Correa de Andreis a recoger sus pasos, a recordar lo bien que lo pasaron, reiremos juntos, los veré partir nuevamente, me dolerá menos esta vez, y por supuesto me sentiré orgulloso.

Por Lic Osmen Ospino Zárate

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