La niña está colgada de dos vigas de concreto atravesadas por una varilla de hierro de 8 pulgadas. Las piernas aferradas, la cabeza hacia abajo, columpiando la creatividad. ¿La idea? Mirar cómo funciona el mundo desde la controvertida confrontación de las perspectivas humanas. Si la gritas, la regañas o la maltratas es posible que caiga y te tires a una futura librepensadora. Si la escuchas, sin hacerle preguntas, le acaricias el cabello ensortijado, le cuentas un chiste sobre un Realitie de dinosaurios y negocias un beso con ella, quizás estés acolitando a una librepensadora.

Si la misma niña se mete a la nevera para saber por cuenta propia de dónde viene el frío y olvida el camino de retorno (en el tema de la curiosidad las palabras devolverse o restar no existen), y es encontrada después de una búsqueda intensa, morada y titiritando, tienes dos opciones: la primera; haces un escándalo apocalíptico, pataleas, maldices, te arrepientes y vuelves a la misma cantaleta. Y obvio, le cortas las alas a una racionalista inconmensurable. La segunda; sonríes, le brindas tu mano cálida, las preguntas sobran, por supuesto, cuéntale la historia de la especie humana en esa eterna búsqueda de alimentos por los laberintos de la tierra, dale un abrazo, quizás estés siendo cómplice de un ser humano que siempre rechazará la violencia y amará las razones, los argumentos.

La magia (el antídoto preciso al conocimiento), los insultos, la gritería (a falta de argumentos, bueno es gritar), las creencias soterradas, el populismo exacerbado y el autoritarismo desbordado ponen en crisis, en estos tiempos aciagos, a las Ciencias y a la razón. Y obvio, la educación, cerrada a esos nuevos aires, agoniza.

No hay dudas que la Institución educativa ha aprendido las dinámicas de la dominación y el despotismo, promueve a cuenta gotas la renuncia a las libertades de los estudiantes y añora tristemente que todos sean dóciles, que “consuman” sin que medien los argumentos el poder arbitrario del “otro” o de los “otros”, que sean serviles por voluntad propia y, claro, que el miedo a perder lo que no tienen, los paralice de por vida. Si a las recetas. No a las ideas. Es el “Padrenuestro” de moda.

Pietro Paganini lo reitera, “el estudio de las ciencias favorece la maduración de las ideas en conocimiento. Es decir, aporta innovación, mayor prosperidad y a la vez refuerza las libertades individuales en las que se basa”.

Sin ciencias y conocimientos evolucionando constantemente y compitiendo en los semáforos con la mendicidad y la venta de bebidas energizantes es imposible la democracia y el desarrollo humano.

Sé que las Instituciones educativas prefieren muchas veces confiar en las fórmulas mágicas de la “brujería” contemporánea, las “religiones” novísimas cuyo “discurso” sigue siendo el castigo y la estigmatización, y ni más faltaba, las mallas curriculares con su perfume “mercantilista” son mero oscurantismo cíclico.

No se educa, se acude al atajo de las promesas, evocando mundos “ideales” en donde “vírgenes” y “dioses” recatados nos dicen qué hacer, cómo hacerlo y para qué lo hacemos. No se debate más. ¿Para qué? El menú de las verdades tranquilizadoras está en la agenda como antídoto al pensamiento crítico. Por los días de los días. Escuchen, imponer la felicidad milagrosamente es peligroso. Recuerden, somos docentes, no milagreros de la felicidad.

En las aulas de clase los estudiantes sucumben a las imposiciones emocionales de hechiceros que se autodenominan docentes del siglo 21. Prometer, castigar y vociferar son verbos desesperados que hacen parte de la agenda cotidiana que desarrollan. El miedo los aturde. No quieren perder a esos “consumidores” (estudiantes) que ansían atar al pasado. La proliferación de las ideas constituye un peligro real. No quieren colombianos pensantes, la idea es tener “clientes” que se embriaguen con oraciones santurronas, aferrados a “razones” culturales y religiosas, que se conformen con lo que tienen y ya. Eso de que la ciencia es un organismo vivo, es “pecado”  hasta decirlo a baja voz.

Algunos docentes dicen enseñar, pero son propaganda falsificada. No van más allá de la repetición aburrida de lo que los demás expresan. Son “maestros” de alguna pseudociencia que nadie sabe para qué sirve. Tienen su propia secta, caverna o religión, es lo mismo, en donde se reparten elogios, o se lamen insistentemente las heridas de la vanidad. En esa tribuna de la hipocresía se habla “horrible” de la Ciencia viva. Señalan con desprecio a quienes creemos en el método liberal, político, cultural, cognitivo, científico, democrático, pluralista y laico para construir un país distinto.

Sin embargo algunos profesores eruditos olvidaron, como narra Alejandro Gaviria, que “el cerebro humano se convirtió en un esclavo rebelde: quiso independizarse, abandonar el juego, buscar sentido. Creó, entonces, su propio código: el lenguaje humano (o, mejor: el lenguaje expandió el cerebro y el cerebro expandido expandió el lenguaje en una dinámica de refuerzo mutuo que explica éste y todos los libros)”  Es decir, “leen” quejumbrosamente a los estudiantes que la sociedad les confía, pero son incapaces de “leerse” a sí mismos para saber si la sociedad debe confiar en ellos.

     Están acorralados en un mundo cambiante, pero no lo admiten, porque vacacionan más allá de Bosconia. Están atados irremediablemente al medioevo, pero lo niegan con indignación porque “dialogan” en Inglés un poquito más allá del verbo To be. Se sienten de mejor estatus por tener cientos de “aduladores” en Instagram, Facebook o Whastapp; Yuranis León, la champetera de moda, les queda en pañales.

Después de 400 años, no recuerdo si es más o es menos, los inquilinos “temporales” de esa casa enorme que se llama sistema educativo siguen pensando igual. Para ello se escudan cobardemente en la palabra vocación, en el concepto de apostolado, en la retórica de la teoría del amor, o lo qué es más devastador aun, ¡nómbreme a ese muchacho así sea de Profesor! Pero el lenguaje en el que se debe escribir la formación humana de hoy y de siempre, hasta que no se demuestre lo contrario, es incompatibilidad.

En el aula de clase habrá riñas sin sentido, evasivas, silencios, agresiones verbales, distanciamientos que terminan en odio hacía el otro y todo lo que ello representa.

¿Y el docente qué hace? Entender que la incompatibilidad estará presente en los genes de la especie humana, como siempre ha estado y estará, por qué pensar estúpidamente, que la Institución educativa es una entidad “divina e intergaláctica” en dónde un abrazo fingido o una ceremonia de halagos lo cura todo. El dialogo inteligente, científico, razonado, democrático, tolerante y pluralista debe reemplazar un día de estos, el inentendible  “Dios te salve María llena eres de gracia”.

Lo peor es que olvidan, increíblemente, que el aula de clase se “inventó” para materializar el funcionamiento de la convivencia democrática y con ello formar ciudadanos conscientes. Y eso es imposible hacerlo sin debate, sin criticidad, sin reflexión, sin ciencias…

20 años después, ojalá y pueda verlo, Belén y Valentina, mis nietas, sabrán de dónde viene el frío y cómo se percibe el mundo desde las diferencias. Porque inexorablemente Belén II y Valentina II “inventarán” otras formas de ver el mundo. Los estudiantes están, el elefante también ¿Y la Institución educativa está? Me pregunto.

Por Lic Osmen Ospino Zárate

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