Contenido fugaz, consumo fugaz, decisiones irresponsables

Antes, cuando no existían las redes sociales, uno se levantaba, prendía la radio y escuchaba el noticiero. Había sesgos, claro que sí. Había líneas editoriales marcadas. Incluso había manipulación. Pero había contexto. Había desarrollo. Había tiempo para explicar.
Mi padre nos despertaba con el radio a todo volumen, escuchando un noticiero donde, según muchos, el 90 por ciento de lo que se decía eran mentiras. ¿Se lo creía todo? No lo sé. Lo que sí sé es que siempre tenía una opinión estructurada. Sin estudios universitarios, pero con criterio. Escuchaba, contrastaba, discutía.
Hoy la escena es distinta. Usted se levanta y antes de salir de la cama ya ha consumido diez videos de 30 segundos. Diez opiniones disfrazadas de información. Diez fragmentos diseñados no para explicar, sino para provocar. Ya no manda el director de noticias; manda el algoritmo. Ya no decide el periodista; decide la fórmula matemática que detecta su rabia, su miedo o su afinidad ideológica.
Nos creemos informados porque deslizamos el dedo.
Consumimos titulares sin contexto. Opiniones sin datos. Indignaciones prefabricadas. No verificamos fechas. No revisamos fuentes. No leemos completo. Reaccionamos. Mucha información disponible.
Cero profundidad en el consumo.
¿El resultado?: Conversaciones superficiales, cargadas de frases recicladas de TikTok o Instagram. Argumentos de 40 segundos repetidos como si fueran análisis político serio. Opiniones construidas sobre sesgos diseñados para dividir.
En los encuentros familiares se pontifica sin haber leído una sola propuesta completa. Se habla del futuro del país con la misma ligereza con la que se comenta un partido de fútbol. Y cuando alguien intenta profundizar, incomoda. Pensar cansa. Analizar exige esfuerzo. Leer requiere disciplina.
Es más fácil repetir.
El cerebro se volvió adicto a la inmediatez. Y la democracia no se sostiene con inmediatez; se sostiene con responsabilidad.
¿La consecuencia?: Votamos por emociones. Votamos por rabias. Votamos por consignas.
No votamos por planes de gobierno. No votamos por capacidades técnicas. No votamos por trayectoria.
Rechazamos a un candidato porque nos cae gordo. Votamos por el que nos cae bien y es más simpático.
Terminamos eligiendo al que grita más duro, al que mejor se victimiza, al que simplifica problemas complejos en frases diseñadas para viralizarse. Y luego nos sorprendemos cuando el resultado es improvisación, populismo y confrontación permanente.
La ignorancia ya no es falta de acceso a la información. Es pereza intelectual.
Tenemos la obligación de desconfiar. De contrastar. De leer más allá del titular. De incomodarnos. De cuestionar incluso aquello con lo que estamos de acuerdo.
Porque cada voto basado en desinformación es una irresponsabilidad colectiva.
Y cada decisión tomada desde la superficialidad se paga durante años.
El contenido es fugaz. El consumo es fugaz. Pero las consecuencias no lo son.
Y el país que construimos —o destruimos— será el que tengan que habitar nuestros hijos.

Por Limedes Molina Urrego

Director TuPerfil.Net

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