Fue una resolución absoluta.
Así debe leerse, sin matices ni eufemismos, la decisión que tomó el presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, en la madrugada del 3 de enero de 2026, cuando ordenó la incursión militar en territorio venezolano para capturar a Nicolás Maduro y a su esposa. Ambos permanecen hoy detenidos en Estados Unidos, a la espera de enfrentar a la justicia en una corte federal de Nueva York.
Durante las primeras horas, el continente celebró. No era para menos: caía el rostro visible de una dictadura que por más de una década destruyó a Venezuela, expulsó a millones de ciudadanos y convirtió al Estado en una estructura criminal transnacional. Sin embargo, la euforia duró poco. A medida que avanzaron las horas, la verdad se impuso con crudeza: la operación fue quirúrgica, pero no estructural.
Trump vino por Maduro, no por el régimen.
El chavismo sigue vivo. Intacto. Armado. En el poder.
Diosdado Cabello continúa desafiando desde Caracas, ya sin sarcasmo, pero con la misma soberbia del delincuente que se sabe protegido. Vladimir Padrino López, vestido de camuflado, reafirma que el control militar sigue bajo su mando. Y lo está. El aparato represivo no cayó; simplemente perdió a su vocero principal.
Peor aún, la escena se torna grotesca cuando Delcy Rodríguez —vicepresidenta del régimen— exige pruebas de supervivencia de Maduro, mientras desde Washington se le concede, implícitamente, el rol de interlocutora válida para una supuesta transición. Trump, en una extensa y confusa rueda de prensa, dejó claro que con ella se hablará el futuro inmediato de Venezuela, sepultando de facto a María Corina Machado, la única líder que enfrentó al chavismo sin medias tintas y con respaldo popular real.
El mensaje es devastador: se captura al dictador, pero se legitima a la dictadura.
Sacaron a Maduro, pero dejaron a la banda.
Sacaron al símbolo, pero no al sistema.
Sacaron al hombre, pero preservaron el engranaje criminal.
Y desde Colombia, el petrismo aplaude en silencio. No celebran la caída del tirano, celebran el debilitamiento de la oposición democrática venezolana. Celebran que María Corina quede fuera del juego. Celebran porque el espejo no les gusta: un dictador capturado siempre es una advertencia incómoda.
Eso sí, hay algo que sí produce satisfacción: ver a Nicolás Maduro esposado, camino a una cárcel norteamericana, vestido de naranja, lejos de los discursos, de las tarimas y de los bailes cínicos con los que se burló de millones de venezolanos hambrientos.
Para cerrar, un mensaje directo:
Presidente Petro, rece para que estos meses pasen rápido y para que Maduro no decida hablar. Porque cuando los dictadores caen, suelen arrastrar a quienes los defendieron. Y a quienes hoy lamentan su captura, hay que decirles una verdad incómoda: a Trump no lo mueve la democracia, lo mueve el petróleo.
Gracias a Dios hay intereses. Porque si Venezuela hubiese tenido que derrotar sola a su dictadura, ya sabemos el resultado: solos no pueden. Alguien tenía que hacerles la tarea.

