A quien le corresponde brindar garantías para un proceso electoral libre y en paz es al Estado, comenzando por el Gobierno nacional. A la Registraduría le compete que la logística funcione, que los resultados sean fieles a la voluntad popular y que se entreguen oportunamente. A los organismos de control, vigilar que el proceso sea transparente. Y al Gobierno, en cabeza del presidente de la República, le corresponde garantizar la seguridad de candidatos y electores.
Pero ustedes ya saben cómo ha sido esto.
El presidente Gustavo Petro ha hablado del software, de los tarjetones, ha puesto en duda la transparencia de los jurados; en fin, ha cuestionado un sistema que no le gusta y sobre el cual ha sembrado un manto de sospecha. De todo se habla, menos de lo esencial: la seguridad de quienes aspiran y de quienes van a votar.
Así las cosas, la tranquilidad en muchos municipios del país está en entredicho. No solo por la presencia de grupos armados ilegales que podrían coaccionar a los electores, sino también por la sensación de que el Gobierno mira hacia otro lado frente a esa realidad.
Sin embargo, la mayoría de los colombianos tendrá la oportunidad de votar libremente.
Llegaremos a las urnas el próximo 8 de marzo. Pediremos los tarjetones de Congreso y de las consultas. Y a solas —completamente a solas en el cubículo—, sin un arma apuntándonos a la cabeza, sin un integrante de un grupo armado ilegal presionándonos, podremos votar como realmente queramos.
No necesariamente por quien su jefe le dijo que debía votar.
No por el candidato que su papá, su mamá, su pareja, su hijo, su vecino o su amigo le recomendó “porque está más informado”.
No por quien le regaló un tamal, un jugo en bolsa, una camiseta o una cachucha.
No por aquel cuya reunión usted acompañó y luego asumieron que ya tenía su voto asegurado.
No por el candidato al que lo llevaron casi en rebaño, no para respaldar una propuesta, sino para ayudar a ese amigo que cada cuatro años busca un contrato con el Estado y termina viviendo mejor que usted.
No.
Usted tiene la oportunidad, a solas y frente a su conciencia, de votar por quien quiera.
Hágalo. Sea rebelde. Tenga criterio.
Porque solo usted puede cambiar la historia de su región y de su país. ¿Sabe por qué? Porque usted, como ciudadano, y esa cédula que lleva en el bolsillo, tienen el verdadero poder.

