Para no olvidar esta voz, la de William Rosado Rincones. ¿Y cómo olvidarla?. Ese no es el lugar a donde puede ir a parar esta portentosa voz que se fue a la eternidad el pasado 11 de mayo. La voz de un grande, William Rosado Rincones, el periodista, el escritor, el locutor, el compositor, el folclorista, el maestro.  

Yo no podría llenarme la boca diciendo que estuve entre sus amigos. Sería demasiado pretencioso contarme entre ese selecto grupo de personas que entran en el corazón de alguien para compartir momentos íntimos y secretos de esos que se llevan a la tumba. Ese es un privilegio que de seguro solo lo tienen sus amigos del Club Bololó que hoy no paran de llorarlo.  Pero, entre los que si me cuento, es entre sus alumnos. Soy su discípulo. Crecí escuchándolo, de niño quería ser como él, fue mi maestro a través de la radio. Por la mañana se metía en mi casa sin él imaginarlo para enseñarme intríngulis acerca del folclor de Francisco el Hombre, o para dejarme ver lo que pasaba  en la región, porque leía tan bien, que uno no escuchaba sino que veía a través de su narración.

Lo admiré siempre y el sueño de conocerlo se hizo realidad cuando yo apenas tenía como 17 años. Lo vi en el parque del barrio La Victoria. Allá llegó a un evento, era el presentador oficial de no sé qué cosa. Llevaba el afro bien pulido al estilo Wilfrido Vargas y un bigote como el de Oscar de León.

¿Maestro, soy animador, me permite ayudarlo?, le dije temblando del miedo. Me miró, volteo su mirada, y cuando pensé que me había ignorado lo escuche decir: “Entre bomberos no nos pisamos las mangueras”. Me pasó el micrófono y me dio una palomita, unos minutos de gloria.

Cada quien tiene un pedacito de historia en la vida de gente grande como William Rosado Rincones. Mi pedacito comenzó ese día, y se extendió a lo largo de muchos años de colegaje cuando nos tropezábamos por ahí, y nos saludábamos respetuosamente.  Esa historia se afianzó en  la cabina de Radio Guatapurí desde hace 8 meses, al comenzar a  madrugar con él. La competencia no estaba en quien leyera mejor  – nadie lo hacía mejor William – ni quien produjera más noticias, sino quien durmiera más, o quien durmiera menos, porque aparte de nuestro amor por el micrófono, compartimos el vicio del café y de  dormir muy poco. “ El día que yo duerma cinco horas, me río de la vida” me decía al informarle sobre el tiempo que yo  había logrado descansar la vista en horas de la noche.  William era un bombillo encendido toda la noche, dormía por editadas por dice Juan Gossain, por eso parte de su proyecto de vida consistía en pensionarse para irse a vivir a  su natal Valencia de Jesús, donde su casa construida con tanto esfuerzo a lo largo de tantos años de madrugadas, lo esperaba para dormir mejor, y desde allí dedicarse a plasmar en el papel, más historias de Calixto o de cualquier cosa como el  almanaque Bristol, que terminaba convirtiendo en crónica

Hablamos mucho a lo largo de estos meses, era un maestro en todo el sentido de la palabra. Sabía de Biblia y citaba versículos.  ¡Usted es un llamado de Dios!, le dije varias veces.

Éramos casi vecinos. Me contó que a veces le producía temor salir solo en su vehículo a las 4:40 de la madrugada. ” Eso lo pueden coger asando mazorca a uno mientras saca el carro” me decía. Así que procuraba salir un poco antes para escoltarlo, para echarle un ojito de lejos cuando salía de su residencia. El nunca me vio. Lo que si vio era cuando lo dejaba tirado en la vía. Le sacaba como cinco cuadras de distancia por la avenida Fundación. Ahí yo si le ganaba. !Pa na¡, cuando yo me estaba parqueando frente a la emisora el estaba parqueando detrás de mi. ! Usted hace brujería! , le dije un día, porque ” si yo lo dejé tirado hace ratos, ¿como así que llega junto conmigo?”, le dije.

A William sus compañeros de trabajo lo cuidamos al máximo como el tesoro más preciado de la emisora porque sabíamos de sus comorbilidades. Él se cuidaba más que lo que lo cuidábamos nosotros y regañaba con el temple que lo caracterizaba a quien no tuviera el tapa bocas bien puesto. ¡Bicho maldito que se mete por cualquier hendija y se lleva gente buena como William¡

La única vez que lo vi cabrero conmigo fue un lunes festivo por la noche que me llamó y me puso en mi sitio porque supuestamente lo había acusado con Andres Molina, director del noticiero porque no había recibido su material para el martes siguiente, cosa que, dicho sea de paso, no fue cierto, sino que el maestro lo mal interpretó. Después de vaciarme me colgó sin permitirme el derecho a la defensa. Pero uno a William le perdonada todo sin que él presentara excusas.

Entonces le escribí: “Traiga o no traiga noticia, es lo que menos me importa de usted. El solo hecho de tenerlo en cabina, opinando, leyendo, preguntando, cuestionando, para mi es suficiente. Usted para mi es valioso solo con su presencia” le contesté en un mensaje de texto, pero él no contestó ya que  era poco dado a recibir elogios. Modesto y humilde a más no decir. ¡Qué más se puede esperar de un humilde campesino nacido en la hermosa Valencia de Jesús, donde hoy por fin duerme de verdad, pero ahora  en los brazos del Padre.

Por Limedes Molina Urrego

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