Hecha la ley, hecha la trampa. El acto legislativo número 1 de 1986 permitió que a partir de 1988, Colombia eligiera libremente a sus alcaldes, quienes hasta ese entonces eran escogidos a dedo por los gobernadores de turno, elegidos estos a su vez por los presidentes. El poder detentado por los oligarcas y/o familias tradicionales de los municipios, dejó de ser monopolio de ellos para pasar a convertirse en un bien al alcance de cualquiera.
Y así comenzaron a despuntar en el país algunas figuras con pinta de renovación, como las soñadas en su momento por Luis Murgas Téllez, quien gritaba a voz en cuello en aquellos tiempos cuando hacía campaña para sí, que “las madres pobres también parían alcalde”. Y en efecto, de un momento a otro, como por arte de magia, las mamás pobres se volvieron más fértiles, pariendo alcaldes y gobernadores a tutiplén.

Pero como de eso bueno no dan tanto, poco a poco el velo se fue cayendo y comenzó a mostrarnos la triste realidad, que consistía en que detrás de esas madres que parían alcaldes, también habían varones electorales, titiriteros, quienes por inseminación artificial habían embarazado a esas humildes mujeres, las cuales daban a luz a un pobre títere, quien encarnaba la voluntad popular, que olía a pueblo, pero que en sus genes llevaba de alguna manera la sangre azul, el abolengo y las ganas de superación que poco a poco se transformaban en codicia.

Pero el títere es feliz siendo títere, esa es su naturaleza. Así lo vemos en tarima brincando, bailando, sonriendo y hasta posando de poderoso, creyéndose el cuento.

Se siente rico con las migajas que el titiritero deja caer al suelo desde su pomposa mesa, pues al fin de cuentas en el mundo de los títeres, cualquier centavo es ganancia.

Pasado el tiempo, con títere ya desgastado, el titiritero lo devuelve a su caja para que siga solitario. De vez en cuando lo desempolva, pero tarde o temprano lo abandona en el mismo cajón – léase casa – a donde por lo general quien directamente lo ha mandado es un juez de la república.

A propósito, ¿cuántos títeres comienzan a asomar la cabeza por estos días post elecciones presidenciales?

Muchos posan de independientes y de izquierda, pero detrás de sí, no tienen más que un titiritero que lo infla con piropos y lo alimenta de migajas para seguir ostentando el poder, no importa si la ideología política del títere – que se ufana de tenerla – es distante de la suya; lo que importa es seguir manejando los hilos, y a través de él, a su títere sonriente hoy, pero condenado a la tristeza mañana.

Por Limedes Molina Urrego

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