El pasado martes 18 de junio de la anualidad corriente, a la altura de las 11 de la mañana, contemplé una dantesca imagen que me obligó a suspender la marcha, cuando atravesaba raudo la plaza Alfonzo López, camino al Tribunal, en ese momento además de impotencia otro cúmulo de sentimientos encontrados, todos de pesadumbre, nostalgia, melancolía, que me hicieron vivir una completa elegía… provocados por la desoladora figura de un hombre sentado debajo de uno de los arboles ubicados frente a la iglesia, acompañado de unos niños con trajes típicos de la región e instrumentos musicales donde sobresalían los Acordeones.

Se trataba nada más y nada menos que de Andrés Eliecer Gil Torres, conocido hasta en el mismísimo despacho Oval, la principal oficina de la Casa Blanca, en Estados Unidos, claro que tanto por aquellas latitudes como nosotros en el país Vallenato lo distinguimos más fácil como; “El Turco Gil” , el mismo de quien Bill Clinton se atreviera a decir que si en el mundo existieran 100 turcos Gil, viviríamos en otro planeta, y, bueno allí estaba debajo de aquel árbol, taciturno, apesadumbrado, desmoralizado, sometido a la desoladora ignominia de un crédito hipotecario en estado de castigo. Aquella imagen parecía sacada de uno de los mayores relatos García Marquianos, propios de la recurrente situación que viviera en la etapa final de su vida el fundador de Macondo, José Arcadio Buendía, al encontrarse atado debajo de un árbol impotente ante los acontecimientos de un Macondo distinto al que él había fundado.

El caso del Turco, aunque parezca hiperbólico compararlo con aquella escena, no dista de aquel relato maravilloso y alucinante de nuestro nobel, y no porque Gabo se haya cansado de decir que Cien Años de Soledad es un vallenato de 494 páginas, sino porque él, al igual que el mayor de los Buendía se encuentra atado, no a un árbol, aunque estaba debajo de uno, sino porque una implacable obligación de carácter crediticio con una entidad financiera que así lo establece, a pocos pasos de donde podría estar su posible solución, la Alcaldía; esa misma que a través de su máximo representante saca pecho en su apuesta de convertirnos en distrito naranja, para la cual, el vallenato, y toda nuestra cultura, incluyendo nuestros juglares juegan un papel vital.

Vale la pena decir que de momento las decisiones Presidenciales han hecho estéril aquella iniciativa. Por algún momento pensamos que por tener origen en la música Vallenata el actual mandatario no solo le imprimiría dinamismo y mejoraría la calidad de vida de muchos exponentes de nuestro folclor que tanto lo necesitan, pero los que pensamos así en aquel momento omitimos un pequeño detalle:  el actual burgomaestre fracasó estruendosamente en su intento de ser cantante de la música Vallenata, y lo único que conserva de la vida artística es su febril pasión por los lentes de las cámaras, porque en lo relativo a los juglares estos hoy perciben menos ingresos que en la pasada administración, un 45% menos, sumado a los penosos trámites administrativos para hacerse a la mesada.

Y mientras tanto el Turco sigue allí, abandonado, sometido, humillado y todos con un silencio cómplice y una actitud impasible frente a aquella triste y sobrecogedora realidad, que reclama con urgencia la solidaridad de los habitantes de esta comarca, para revertir este pasaje adverso que hoy lo tiene implorando la ayuda de todas la fuerzas vivas de nuestra sociedad, sin importar el color político, la confesión religiosa, mucho menos siquiera que les guste o no el vallenato, sino el darle la mano a este baluarte de nuestra tierra de mitos y leyendas que el mismo ha contribuido con su aporte a que aquellas historias hayan cobrado vida, en virtud de ello y para concluir, permítaseme parafrasear al Gigante de Aracataca; … Ante esta realidad sobrecogedora que a través de todo el tiempo humano debió parecer una utopía, los inventores de las fábulas que todo lo creemos, nos sentimos con el derecho de creer que todavía no es demasiado tarde para emprender la creación de la utopía contraria. Una nueva y arrasadora utopía de la vida, donde nadie pueda decidir por otros hasta la forma de morir, donde de veras sea cierto el amor y posible la felicidad, y donde Andrés El Turco Gil condenado a cien años de soledad tenga por fin y para siempre una segunda oportunidad sobre la tierra…

Por Luis Fernando Padilla.

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