Nos lo enseñó el Maestro cuando quiso ser tentado. ¿Es válido pagar impuestos al Cesar?, le preguntó un fariseo para tratar de ponerlo entre la espada y la pared. “ A Dios lo que es de Dios y a Cesar lo que es del Cesar”, respondió Jesús, mostrando una moneda con el rostro del emperador tallado en la moneda.

Nunca las iglesias se han negado a pagar impuestos. Lo hacen como lo hace cualquier empresa. Cada ciudadano que aporta a su congregación, ya ha pagado impuestos sobre esos dineros. Las iglesias pagan predial, pagan servicios públicos, los pastores y los sacerdotes, los rabinos declaran renta como cualquier ciudadano en fin, no es nuevo que las iglesias paguen impuestos.

Así que la decisión del gobierno nacional de no respaldar los nuevos impuestos a las iglesias es bienvenida en un país mayoritariamente cristiano. Si, de seguro muchos se rasgarán las vestiduras, incluso lo harán muchos que todos los domingos aportan diezmos, ofrendas o limosnas en el alfolí de su congregación. Bienvenida la discusión, bienvenidas las diferencias de criterios, eso ocurre en un país democrático.

Si, democrático, aún lo somos, y esa condición de la que debemos sentirnos orgullosos los colombianos, es lo que ha permitido que las decisiones no se tomen de manera arbitraria y dictatorial como se temía al inicio de este gobierno. No, la oposición construye haciendo lo que sabe hacer, oponerse cuando algo cree que no le conviene al país, pero si se atraviesa como vaca muerta tendremos que cuestionar dicha oposición.

Y volviendo a la decisión de no afectar en la tributaria a las iglesias, sería bueno recordarles a los respetados críticos que estas congregaciones le ahorran muchos dolores de cabeza a la sociedad-

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