Está escrito y avalado por todas partes que se “pierde” el año escolar, el semestre académico, la práctica pedagógica, el proyecto de investigación, la asignatura tal, o el área tal con toda una gama de malabares conceptuales y “evaluativos” inventados malévolamente para cerrarle la puerta al conocimiento y a la felicidad.

Mis oídos parecen escuchar la cruel melodía de una balada para una sala de castigos, en vez de la sinfonía afectiva de un léxico didáctico, que haga pensar que la Institución educativa es una fábrica de formación humana, o por lo menos, un espacio en donde la justicia racional es un elemento para propiciar el crecimiento de los jovenes.

Si el niño de cuarto grado no rinde se le “devuelve” a tercero. Sólo él se “devuelve”: no pasa nada con el docente, con la familia, con el estado, con el cura, con el juez… con el lustrabotas de la esquina. Ellos siguen adelante.

Si el estudiante deja de aprender los conceptos “básicos” de las áreas “fundamentales” de la malla curricular este debe repetir el año. ¿Conceptos “básicos” para quien?, ¿áreas “fundamentales” para quién? Nadie revisa las evaluaciones con las cuales el estudiante “perdió”, nadie sabe si las preguntas tienen respuestas, si están enmarcadas dentro del objeto de estudio del área y si están soportadas en algún modelo teórico.

Como para variar solo el estudiante “pierde”: no pasa mayor cosa con las universidades, el rector, el maestro, el director de grupo, la aseadora o la ministra… con el mototaxista que vive de la educación. Ellos miran para otro lado.

La pregunta es porqué también Caín y Abel “perdieron” el año. Perdieron entre comillas: esa palabra que nadie quiere llevar en calidad de apellido, pues engendra dolores incurables y dilemas inmarcesibles. Esa palabra que abre heridas sociales indelebles. Esa palabra frenética que castiga a todos los extremos del sistema educativo. Pierde el estado, pierde el estudiante, pierden los padres, pierde el docente, pierde la sociedad… el que conduce la buseta, el tendero, los funcionarios de alto pedigrí y el muchachito que limpia parabrisas en la esquina del centro comercial. Pierde el que sacó el máximo puntaje en las Pruebas SABER, la que sacó 351, el que sacó 316… los últimos de la lista al derecho o al revés y los primeros que desertaron en Enero.

Nuestro sistema social es así, nuestro sistema educativo no perdona… los éxitos de los ganadores no compensan las derrotas sociales del resto… las desventajas sociales no se disminuyen con ser bachiller u obtener un título profesional. Son simples pañitos de agua tibia que se diluyen cuando el joven reconoce con tristeza que el arbitrio de las palancas, el funcionalismo del compadrazgo y el amiguismo artero reemplazan sin contemplaciones los privilegios que debe otorgar en cualquier país del mundo, menos aquí, el conocimiento y la competencia profesional o personal.

Existen instituciones educativas Caines que gradúan a una élite que gobierna el país y habitan cómodamente en las mazmorras del delito de las cárceles. No sabemos si el proyecto educativo en el cual invirtió tiempo, dinero, informaciones y conocimientos le quedó debiendo el sentido ético que va a continuación de cada actuación humana. Existen instituciones educativas Abeles pero son iguales a las Caines.

En ese orden de ideas hay deudas impagables en ésta patria densa e indescifrable en materia de formación humana, en felicidad, en respeto, en tolerancia… en saber cuándo se debe dar un paso al costado. Hay mucha violencia verbal, mucho vilipendio moderado, castigos pedagógicos esperando víctimas, tareas insufribles que no confirman nada, esfuerzos inútiles que no llevan a ningún lado… la letra con sangre entra, como en los viejos tiempos. Es indiscutible, entonces, que Caín y Abel seguirán en los salones de clase reclamando más de lo mismo… igual que en el hogar de donde vienen huyendo. El que se ganaron en la rifa irrepetible de las sinrazones.

Es un hecho que Caín y Abel creían que las instituciones educativas eran sinónimos de Ciencia, felicidad, éxito y discernimiento. Creían que era una manera elegante de escabullirse de la pobreza, la miseria, la iniquidad y el olvido… pero no: lo más parecido a la música del rechazo social se llama Institución educativa, todas, las rutilantes que enorgullecen al ICFES y las que las secretarías de Educación quisieran esconder debajo de las alfombras pútridas. Parecidas inobjetablemente a los hogares: una ceremonia de vanidades donde la lucha por el éxito le corresponde a otros.

Es así como todos seguían dentro de un mismo costal de incertidumbres. Todos luchando por merecer algo más. La mayoría de Caines y Abeles se gradúan sin saber leer y escribir, sin saber el porqué del participio, porqué las Normas APA, porqué el chiste de la inclusión. Porqué las figuras retóricas, porqué Alfredo Molano, todos los porqués se le atravesaron a Caines y Abeles… pero da igual: se graduarán. Y, nosotros los docentes, nos graduaremos con ellos, todos los años, y prometeremos subir un miserable puntico en lectura crítica el año que viene.

A algunos nos dolerá, se llama dolor social, ver a nuestros muchachos con un piano de desdichas en cualquier esquina difusa de Colombia. Bajaremos el vidrio del vehículo, no sé. Tendrán tiempo de acordarse de la Trigonometría de Décimo, de las figuras literarias… Es Caín o es Abel.

A algunos no nos dolerá, se llama teflón social, veremos a nuestros muchachos pagando el hecho de ser pobres, sisbenizados, perdedores, fracasados en cualquier semáforo del Valle del cacique Upar. Seguiremos adentro del vehículo, seguro. Tendré tiempo, un segundo de mi tiempo, para acordarme de Aurelio Baldor, de Lucila González de Chávez… de Platero y yo… seré Caín o Abel.

Aunque me lo niegue es posible que mi nombre lleve por siempre unas recurrentes comillas, al lado de mi apellido embadurnado de pedanterías… o jugaré cadenciosamente con una frase de cajón que sirve como excusa para estos casos inoficiosos: cuando hay tantos perdedores nadie pierde. Cuando todos los exitosos y los fracasados hacen de la educación un instrumento para llenar de sentido la palabra poder, vacía por los cuatro lados, habrá que reconocer que todos de una u otra manera tienen la posibilidad de darle clic derecho a la palabra “perdieron” y ya.

Osmen Wiston Ospino Zárate
Pedagogo:Normal Marina Ariza Santiago
Licenciado en Administración Educativa: Universidad San Buenaventura
Especialista en Metodologías del Español y la literatura: Universidad de Pamplona
Especialista en Educación con enfasis en evaluación educativa:Universidad Santo Tomás.
Diplomado en Políticas educativas públicas: Universidad Pedagógica Nacional.

Diplomado en Investigación Socio-jurídica: Fundación Universitaria del Área Andina.

Diplomado en Docencia Universitaria: Convenio INFOTEP-Escuela de Minería de la Guajira – EMG.

Cargar artículos relacionados
Cargar mas en 

Puedes leer.

¿Sanas motivaciones?

Querer dirigir los destinos de tu municipio o de tu departamento, es un derecho legítimo q…