La libertad que se escabulle por la ventana dejando tras de sí una serie de trastos que resuenan calle abajo, no es más que un breve listado de objetos imaginados, un conjunto de memorias disecadas que yacen en el rincón de los años, son cosas insustituibles, cenizas atadas a los recuerdos aciagos, fuego atizado por la insistencia del olvido, en fin, una vasija de barro decorada con finos trazos que delatan el repudio del artista por la vida que le ha tocado sufrir. Los dioses lo saben.

     La ciudad asusta.  

     Un gato esbelto, un perro sin pedigrí y una prostituta venida a menos escuchan un reggaetón lúgubre frente a una copa desbordada de soledad.

      La calle sigue vacía.

     La historia dirá qué éramos libres y preferimos una lanza de madera incólume para hacer la guerra. Entrematarnos es la rara palabra que mejor nos describe. Y después nos poníamos a ver Netflix hasta la madrugada. Para que las vendas regresaran a nuestros ojos. Y así la educación se convertía en entretenimiento. La profesora se enquistó a regañadientes (pobrecita) en una pantalla y habla, y muestra, y dice, y habla, y así sucesivamente. Algunos eruditos de los negocios dicen frotándose las manos qué esa es la nueva forma de ser competitivos, digamos que las tecnologías en el campo de la formación humana, es el testimonio apocalíptico de la llegada de nuevos dioses a las aulas de clase.

     El gato con estudiada galanura se orina en el vestíbulo de la Droguería que permanece cerrada. El perro cenizo persigue su propia cola por más de veinte minutos. La prostituta comienza a imaginar el mundo con trescientos pesos en el bolsillo. Ella sabe que el Ministro de hacienda no miente. El tema de la lucha de clases la ubica en el más pútrido lugar de la escala social. No por puta, ni por pobre. Simplemente es la paradoja de la especie humana. El profesor Camelo lo decía, pero a nadie le parecía posible. La clase de Sociales no daba miedo, la ironía era un artificio lingüístico, en cambio la esperanza, con sus aromas de ilusiones, se vendía con más facilidad.

     La lluvia se escucha venir por la Octava.

     Mientras tanto el mundo lleno de miedos y gobernado por fantasmas se define a través de frases totalizantes. Todo se enmarca en la última noticia que es peor que la anterior, pero que de todas maneras, diez minutos después a nadie le importará. La inseguridad es el padrenuestro de moda o la figura terrorífica que usan los demagogos criollos para seguir en el poder. Ante eso, los gobernados sienten compasión por los poderosos y eso les proporciona algo de felicidad. Todos estamos cansados de ser lo que somos, pero desechamos la libertad que no nos merecíamos. Hoy el tiempo con su mano alargada nos sorprende acariciando a algún animal dormido. La educación de calidad, con dioses y todo, dormita.

     Gabriela, la que en las noches lóbregas le hace compañía al gato agraciado y al perro de la calle, la misma que se dormía a mitad de la clase de Sociales, precisamente en el tema de la Lucha de clases, hoy se siente como una ceramista que premedita el color, la forma y los rituales de la mercadotecnia de la miseria.

     La voluptuosidad de la noche la devuelve en el tiempo.

     Era décimo grado, tiempos de cambios sociales, de poemas de Gonzalo Arango: “éramos dioses y nos volvieron esclavos, éramos hijos del sol y nos consolaron con medallas de plata, éramos poetas y nos pusieron a recitar oraciones pordioseras, éramos felices y nos civilizaron”. Aunque no parezca esa conexión remota, caprichosa y arbitraria sigue. Queremos cada quien a nuestro estilo cambiar el mundo, pero codiciamos hacerlo dulcemente “secuestrados” por las redes sociales, hablando idioteces por Whatsapp, sin darle chance a las lecturas de Yuval Noah Harari o Jane Austen.

     Afuera llueve, truena y relampaguea.

     Así como recuerda al profe Camelo y sus reflexiones acuciosas, a Gabriela le cuesta olvidar el mundo sin opciones que la interpretación de la borra del café le puso en la cara. Crecer duele. El recuerdo de la niñez y sus fragancias efímeras se marchó como el agua entre los dedos. El sonido melodioso del viento en el bosque se aleja poco a poco, el agua del río tatuando otra piel fue la última caricia y la mano amiga de la madre que regañaba por todo ya no está. Son las dos de la mañana. La cama es una prisión que exaspera. Suenan varios disparos. Alguien suplica primero, después gime. El silencio canta nuevamente.

     ¿Vendrán los dioses ésta noche?

      El miedo se apoderó del mundo. Y para ello de lo primero que se hizo cargo fue de las libertades. Una comunidad aterrorizada es un montón de seres humanos acobardados. Pero el primer sacrificado para alienar a las personas en ésta orgía de autoritarismo fue el lenguaje. ¡Satanice el lenguaje y lo demás es pan comido! Diga por ejemplo, que “Educamos con lecciones de vida” y los estudiantes deberían entender la advertencia. Lo anterior es una especie de proposición de la dinámica del despotismo o la erosión de los mecanismos de defensa de la ciudadanía en contra del poder abusivo. Pero no, los niños, niñas y jóvenes de Colombia están conectados – alelados- a Zoom observando una clase esotérica sobre la servidumbre voluntaria.

     Diga, como cosa suya, que la educación es un instrumento social para la búsqueda de la felicidad, y ahí sí, a toda la multitud estudiantil le importa un pito entender el peso de las ironías, le da lo mismo comprender la evocación asociada que se deriva del concepto que se lee, y no lo duden, les parecerá ridículo y aburrido rastrear los plurisentidos que habitan detrás de cada texto. Es un hecho irrefutable: se necesitan más ironistas, que estudiantes juiciosos ostentando premios anodinos por decir lo que el resto no sabe.

     Amanece.

     Un gallo disfónico y desafinado lo confirma.

     Todo parece claro ahora, la educación de antes (¿y la de hoy?) se elaboró sobre la transmutación de las almas y la oración –eje central de todo- era una forma regenerativa de retroalimentación para un Dios. Y continuaron impúdicamente con la receta de “amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Después de dos mil y tantos años tratando de poner en práctica tal acertijo metafísico seguimos siendo desconfiados y poco generosos. Nos gusta la ciencia cuando inventan artefactos asombrosos, pero nos molesta cuando esa misma ciencia desafía la hechicería de la perfección divina.   

     ¡Lo dioses no vendrán!

     Gabriela culminó Décimo en el colegio del pueblo. Le tocó recuperar Biología, ética y artística. Se sentía imperfecta, vulnerable, como todo organismo complejo que se respete. Sonríe.

     Steven Pinker, en relación con la historia de Gabriela, cree que “el dilema de la humanidad reside entre la magnificencia y la miseria. La elección es difícil dado que, para elevarse a la altura de las oportunidades desperdiciadas por la evolución, tendrá que abandonar la miseria”.  Gabriela se percata de la llegada del gato elegante y el perro flaco. Se incorpora con agilidad. Sabe que Pinker tiene razón. Sabe que tendrá que abandonar la humanidad misma. Al final todos se han desquitado con ella. Y debe hacerlo por ella.

     ¿Vendrán más guerras, sufrimiento y miseria?

     Gabriela recogió lo poco que tenía y se marchó. No miró atrás para nada. El gato presumido y el perro esmirriado se miraron con desconsuelo. Siguieron a la chica hasta cuando se subió al taxi. La carrera Séptima es un mar de infortunios. Tanto amor a Gabriela y los había abandonado. Todo se había ido a la basura. Cuatro años espantándole borrachos, protegiéndola de cabrones insensatos y  de amantes berrinchudos sirvió de poco. El gato caminó con finura hacía la Cuarta y el perro de dudoso linaje subió hasta la Diecisiete. No hubo adioses. Ni expresiones huecas.

     ¡Por fortuna los dioses no vendrán! Pero si lo hicieran, porque uno no sabe, quien quita, todos estaremos esperando. Caricaturas de nosotros mismos seremos, víctimas del aplauso, masoquistas del elogio, adictos a la palmadita en la espalda.

     –¿Un tinto? La vendedora sin tapabocas insiste. –Cerrero y caliente, por favor.

     La brisa se pasea presurosa del río Cesar a la sierra Nevada. Ahí está Gabriela, ahí está la educación, los estudiantes, los docentes, los padres de familia. Los de afuera quieren que nos defendamos mejor de los insultos que de los elogios. Eso hace que la educación sea intimidante, sus órdenes absurdas, sus programas lumínicos, sus horarios insaciables, sin convicción alguna, lista para hacer la fila y responder con obediencia franciscana a lo que digan los demás. La disidencia debe ser la clave de la educación, pero también la disidencia de la disidencia. La intención es que la educación  haga sus caminos, construya sus horizontes, enarbole sus misiones; y que esté disponible para cambiar de rumbo cada vez que sea necesario.

     Sea lo que sea, en educación, siempre valdrá la pena revisar. Y empezar.

     Un dios mira de reojo al otro dios. Éste se hace el loco y cierra el portátil.

Osmen Wiston Ospino Zárate

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