Desde niño, vengo escuchando acerca de Miguel Mora Valderrama. Aún lo recuerdo saliendo de cirugía luego de operar a mi madre en el Rosario Pumarejo. Recuerdo además lo que mi madre me hablaba de él. Ella de servicios generales en el centro asistencial donde trabajó muchos años hasta pensionarse, sabía que ingresar a la sala de cirugía después de una intervención del dr Mora era un verdadero reto. Al médico, no le importaba a donde cayera la sangre, el recipiente que se ensuciara, o si las entrañas del paciente lo salpicaban. Mucho menos le iban a importar los berrinches de la señora del aseo.  Lo que le importaba, dice mamá, era que su paciente sobreviviera.  Así que mi madre, bajaba la cabeza, y con gusto limpiaba el campo de batalla en el que Mora siempre ganaba. Eso para ella, me dice hoy, era un honor.

Este jueves cuando lo vi entregando un parte de victoria, al salvarle la vida a Gabriel Enrique Guillen, luego de recibir un balazo en medio de un atraco, me pregunté: ¿ Hasta cuándo tendremos a Mora?. ¿Hasta cuándo Dios nos lo prestará?. Y elevé una oración a Dios, para que sean muchos años más. El día que Miguel Mora falte, sentiremos un vacío enorme los vallenatos.

Es un gladiador, un guerrero, un hombre que nació para pelear contra la muerte, a la que casi siempre le gana.

“Si está en las manos de Mora, está bien” dijo Poncho Zuleta al enterarse  de que el galeno sería el que operaría al hijo de Joaco Guillén. ¡ Cuánta razón tiene Poncho!. Médicos como Mora necesitamos en serie. Un millón más de este maestro de la medicina, es lo que requiere nuestro sistema de salud. ¡Ay Dios mío, cómo sería Miguel Mora Valderrama, para que nunca te vayas!

Por Limedes Molina Urrego

@LimedesMolinaU

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