Escuche

Los que tuvimos la oportunidad de cubrir el conflicto armado, en tiempos en que los paramilitares y los guerrilleros se disputaban el territorio,  tenemos los recuerdos claros. En una tarde cualquiera, en el batallón La Popa, resguardados debajo del techo de un quiosco grande, que aún debe estar ahí, observamos como en camionetas traían los cuerpos de algunos supuestos guerrilleros abatidos en combate.

Un cadáver sobre el otro se apretujaban en el platón de una de las camionetas. Un hombre de tex blanca, tenía el brazalete del ELN muy nuevo, y uno de sus brazos partido como cuando un pedazo de árbol queda astillado, luego de ser atravesado por un balazo de fusil.

Cuando los cuerpos, al menos 16, fueron bajados de la camioneta, y puestos debajo de un enorme árbol, que, si pueda hablar, no me dejara por mentiroso.

Comenzó a llover muy fuerte, los truenos producían pavor, nos resguardamos en la caseta donde les comenté anteriormente, y el olor a sarna era insoportable. La sangre llevada por las aguas lluvias, llegaban casi hasta nuestros pies. No faltó quien sonriera por el duro golpe a la guerrilla.

A los días, en el barrio La Victoria, muchas madres comenzaron a llorar porque sus hijos habían sido reportados como muertos en combate por pertenecer a la guerrilla. Ellas no salían de su asombro, no porque no supieran que sus hijos andaban en malos pasos, sino porque se supone que pertenecían a las AUC y no al bando contrario.

¡Delincuente es delincuente!, me contestó el coronel que entonces comandaba el Comando operativo Numero 7, a cargo de la operación.

Si, delincuente es delincuente, pero falso positivo es falso positivo. ¿ Hablarán de eso hoy?. Quizas, quizás, quizás, dijo un delincuente ya abatido.

Por Limedes Molina Urrego

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