Mientras se escucha a lo lejos el discurso convincente y melancólico del vendedor de plátanos, las letras titubeantes y cansinas se desplazan por la pantalla del portátil como si tuvieran vida. El voceador de frutas con voz de barítono en decadencia me recuerda que la vida en tiempos de pandemia no es para valientes, es para los suicidas. ¿Suicidas, ignorantes o indiferentes?

     El muchacho que se gana – o expone- la vida, – si es que a lo que vive se le puede llamar así- entregando domicilios se acerca a la reja metálica. Sin tapabocas, sin guantes, sin distanciamiento, sin otra cosa distinta que hacer. En sus ojos vidriosos se lee con claridad que anda en esas, porque debe mantener a una esposa y a tres hijas.

     Quería ser médico o soldado profesional. Y logró lo segundo. Pero cuando se dio cuenta que los colombianos pobres le disparan sin compasión alguna al otro colombiano pobre se decepcionó y se casó con la novia de siempre. Pasó de una cagada a otra.

     Si mal no recuerdo se llama Nietzsche. Otra burla del destino. Usa gafas negras, jeans de marca, zapatos tenis, corte de cabello a lo David Beckham, una motocicleta Akt 125, color negro. Un Valentino Rossi medio gordo, voz triste y movimientos estudiados. Dice con moderado orgullo que es bachiller del Loperena Garupal. Y que eso de ser domiciliario es temporal. Sonrío. En Colombia no hay nada más permanente y eterno que lo temporal.

     Cuenta que era bueno en Lenguaje y Ética. Que tenía la letra bonita y que siempre se encargaba de hacer las carteleras para los actos cívicos y el Día de la madre. Su papá lo bautizó con el nombre Nietzsche para posar de intelectual delante de sus vecinos analfabetas. Un tipo barbudo que expresó que “la moral cristiana de la época en Occidente convertía a los ciudadanos en esclavos de ellos mismos”. Un hombre inteligente por los cuatro lados. Hasta en eso se equivocó mi papá.

     Me entrega los medicamentos, le entrego el dinero, le cuento la importancia del tapabocas, se molesta. La motocicleta ruge, dobla la esquina.

     El sistema educativo colombiano y la virtualidad contrario a lo que sucede en el resto del mundo se centran en la especulación y en la arrogancia. No es flexible, solo mira para otro lado para evitar la deserción escolar.  El domiciliario va rumbo al Barrio La nevada. Y olvidará al cabo de 10 segundos todas las sugerencias sanitarias.

     Brodsky dice que, “la educación debe resistirse a la presión de grupo, a la idea hipócrita que hay que coincidir con lo que predican las mayorías y con los dictados de la opinión pública”. Por tanto, enviar a los estudiantes y docentes a las escuelas y universidades en plena pandemia es poco inteligente, económicamente correcto y éticamente inaceptable. Reconozco que los costos emocionales de la discrepancia son enormes en ésta Colombia rezandera, ultracatólica y violenta. Y una opinión contraria a lo que trata de imponer el gobierno, implica que en las redes sociales seas insultado por los soldados de la irracionalidad y los mercenarios de la corrección política. Obviamente no voy a falsificar mis preferencias por un par de hijueputazos que recibo en Twitter de vez en vez.

     En estos momentos cruciales la especie humana tan déspota y altiva se convierte sin remedio en un animal sumiso, gregario y temeroso. Aunque no pierde ese rasgo suicida, se agazapa en cavernas harapientas o lujosas y añora todo aquello que despreciaba antes del Coronavirus. Para colmo de males la educación increíblemente ha cambiado poco o nada.  Por ejemplo se niega a aceptar con humildad, lo que plantea Harari, “la ciencia moderna es una tradición de conocimiento, por cuanto admite abiertamente la ignorancia colectiva en relación con las cosas más importantes”.

     Queda claro, los docentes siguen tratando de inventar el fuego frotando piedras: repitiendo datos pueriles, opinando sin dar argumentos, armando consensos sin justificación teórica, y por supuesto, aplicando dulcemente los conceptos de utilitarismo, facilismo e inconciencia. Siempre he creído que la oferta masiva de felicidad pasiva en educación siempre tendrá efectos secundarios en la sociedad.

     La buena disposición de la educación moderna de admitir que la ignorancia hará que los procesos de enseñanza y aprendizaje sean más adaptables, dinámicos e inquisitivos debe ser el recomienzo para comprender que ésta, la ignorancia, sea entendida como la antesala del conocimiento. 

     Una pregunta estúpida, una referencia inútil o una anécdota para imbéciles esbozada con desparpajo por un estudiante, expandirá la capacidad del docente para comprender cómo funciona el mundo contemporáneo y para qué sirven –sin tanta retórica- las nuevas tecnologías. Los docentes no lo sabemos todo y el conocimiento que poseemos es provisorio. Aclaro: no es definitivo, concluyente y mucho menos irreversible.

     Sin embargo, a veces lo olvidamos y nos reconvertimos en ogros devastadores, en seres iracundos, en una especie de personajes míticos que serán recordados como momias inservibles de esa Institución educativa a la cual nunca quisiéramos regresar. Ese monarca absoluto de la sabiduría improbable a la quinta cerveza en una reunión de egresados ya no genera respeto, en cambio, las burlas asociadas a su borrosa imagen continuarán hasta bien entrada la madrugada. Repetir y repetir sirve para que Cristiano Ronaldo marque cada 10 partidos un gol de tiro libre. Nadie lo discute saber pensar críticamente da poder. Los reiterados entrenamientos en el fútbol se encargan de lo primero. La educación de calidad sabe que lo segundo es lo que importa.

     Es 3 de Septiembre de 2020. En la mesa de trabajo tengo a Wars boys de Isamu Fukui, Siquiera tenemos las palabras de Alejandro Gaviria, De animales a dioses de Yuval Noah Harari y Confisquemos el Teorema de Pitágoras. Son una especie de compañeros de viajes en la relectura de la realidad que escapa de la estruendosa letanía del comerciante de pescados, del vociferante vendedor de limones que alegra su desgracia personal coreando canciones de Martín Elías y de las noticias tristes que cuentan que un amigo fue cazado – a pesar de las estrictas normas de bioseguridad- por el Covid 19.

     Uno de ellos (me refiero a mis libros) me recordó que antes la mayor parte de las riquezas del hombre estaba representada en poseer grandes extensiones de tierra, muchas cabezas de ganado, una buena cantidad de esclavos y uno que otro lingote de oro. Robar e invadir lo que no era suyo era un deporte popular en aquel tiempo.

     En la actualidad, en cambio, la riqueza es tener capital humano inteligente y honesto, conocimientos técnicos y estructuras socioeconómicas complejas, y por ende, una educación crítica masiva al servicio del bienestar general de la sociedad. Algo complicado de malversar, manipular o manosear. Lo anterior es complicado. Pero hay que entender, en últimas, que la felicidad, como la educación, requiere de complicaciones.

     Nietzsche hoy amaneció con tapabocas, guantes y guarda la distancia social que babosea el Presidente Duque en el programa televisivo de las 6 de la tarde. Saca del bolso que porta en la espalda un frasco de alcohol con atomizador. Rocía la bolsa que contiene frutas, verduras y carnes frías. Su sonrisa advierte que entiende cómo funciona el mundo. Que siendo ignorante está a un clic del conocimiento, un tal Harari lo escribió en un libro. Entrega, recibe el dinero, enciente la motocicleta, se despide, dobla la esquina.

     La educación en cambio sigue en manos de ideologías delirantes, escuchando las promesas incumplibles de docentes expertos en demagogia, confiada en credos insostenibles, vendiendo felicidad artificial al mayor y al detal.

     En las aulas de clase ni más faltaba no hay desconfianza en nada ni en nadie. Todo está bien. Pero todo está mal. –Muchachos, mañana nos vemos por Meet, a las 10 de la mañana-. Como en los últimos 6 meses. La pantalla del portátil se apaga. Y mañana todo seguirá igual.

     Los gritos lacerantes del vendedor de plátanos, el de pescados y el de limones lo confirmaran.

Por Lic Osmen Ospino Záratte

@osmenw

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