Entre la nube de polvo amarillo se levanta una vieja iglesia, una tienda sin compradores y un ventorrillo de comidas sin la jauría del hambre andando por ahí.

     El viento cansino arrastra una oleada de calor que se pulveriza en los acantilados rocosos que terminan donde comienza el cielo azul turquesa. Una horda de labriegos entumecidos dentro de su ropaje de miseria piden cervezas. Un sujeto blanco, gordo e irascible saca de la buhardilla un fusil Winchester calibre 10.88 mm. –El río lo encuentran a 20 kilómetros. ¡Váyanse! –Las sugerencias a veces ponen a cada quién en su lugar. Estamos en Utah. Es 1896. Y el calor se relame.

     Repudiar a alguien por el color de la piel no es una lotería determinada por la melanina, es un deporte mediático que aún pervive en las mentes enfermas que están dentro de las instituciones educativas y en el activismo ciego de personajes que financian la formación humana en el mundo.

     Los 4 afrocolombianos bebieron agua hasta desfallecer en las contaminadas aguas del rio Guatapurí. Los agentes de la policía que dormitan en el CAI los observan con recelo. Son negros. Es 5 de Junio de 2020. No llevan tapabocas, ni guantes, no se nota que usen gel antibacterial, y por supuesto, nada indica que se lavan las manos 10 veces al día. Los pocos valduparenses que los ven pasar creen que son jamaiquinos. Las rastas mugrientas, las vestimentas raídas, su lenguaje rarísimo y su extraña espiritualidad hace que los denominen con escueta insensibilidad: ¡marihuaneros es lo que son!

     No me quedan dudas que muchos habitantes de Valledupar se sientan con el derecho de ponerle la rodilla en el cuello a alguno de ellos. Porque sí. Por sospecha, porque ¿quién sabe?, porque al final si alguien lo hace no va a pasar nada, es simplemente un negro. Llegaron a América en barcos negreros para hacer el trabajo duro en las minas y haciendas como esclavos.

     Pero no, Joe Arroyo, el músico colombiano más grande que ha parido éste país, niega toda la narrativa brutal que habita en la inconciencia “normal” de la mayoría de los seres humanos: En los años 1600, cuando el tirano mandó, las calles de Cartagena, aquella historia vivió. Cuando al fin llegaban esos negreros, africanos en cadena, besaban mi tierra, esclavitud perpetua, esclavitud perpetua, esclavitud perpetua…

      Los 4 personajes de esta historia creen que pueden ir de compras al Centro comercial Guatapurí. Ser iluso es una de las categorías de análisis en ese mundo complejo de las teorías suficientemente ilustradas y debatidas a lo largo y ancho de las Ciencias sociales desde donde se sustenta el derecho a la igualdad. La sensación térmica en Valledupar es de 39 grados aun estando debajo de la frondosidad de los árboles de Mango.

     Antes de entrar al ostentoso lugar hacen un rápido corte de cuentas a su situación: tienen dinero, no mucho, incluso algunos dólares, pero eso no es suficiente. Que van a ser mirados con curiosidad, desprecio y desdén; lo saben de la cuna a la tumba. Los puñales de las miradas clavadas en sus espaldas a su paso son un mal menor, nunca aceptado, eso sí, pero es un problema, no de ellos como pueblo, es más una nefasta consecuencia de la pésima educación que los niños y jóvenes del mundo reciben sin preguntar por qué.

     Mientras reflexionaban, el vigilante, de piel negra, no los dejó entrar. -Son ordenes de arriba, lo siento, muchachos, ¿Entiéndame? En el ambiente quedó una sonrisa estéril, una mueca cruel, más bien, es el fracaso histórico del derecho a la igualdad.

     Ésta es la Andina, ése el Gimnasio del Norte, éste el Bilingüe, ese debe ser el Loperena, aquel el Leonidas Acuña y ésa la Universidad popular del Cesar. Samuel, el afrocolombiano más viejo, mostró su mejor sonrisa, sin dientes, muy irónica, ésa que ha madurado a punta de educación su raza como herramienta de defensa ante la ignominia del mundo de los blancos, o de aquellos que se sienten de mejor alcurnia olvidando de dónde vienen, o ignorando el color de la piel que los pone en evidencia cada que se miran al espejo. Instituciones educativas hay; educación crítica, civilista, democrática, ¿quién sabe?

     Roger, Didier y Abédi recuerdan las cicatrices históricas en sus cuellos y apuran la sexta cerveza. Suena un vallenato romántico en el equipo de sonido del burdel que no les negó el servicio que entienden poco. Una prostituta que desafía el coronavirus baila frente a Samuel con movimientos que rayan en la sexualidad. Samuel se hace el loco. El racismo, en cambio, baila champeta.

     La noche cae estrepitosamente. Oscura, trágica, sospechosa… como ha sido la vida de los afrocolombianos en Colombia.

     Lo que pasa en el mundo no es por George Floyd. Es porque George Floyd no es George Floyd, es porque hay descontento social y éste históricamente ha estado presurizado. Y el descontento social como la mayoría de las cosas en la vida tiende a rebosarse.

     Floyd es un detonante consuetudinario de los muchos que ha habido en el discurrir histórico de la especie humana. Es el espectáculo del poder. Es la vieja historia de la supuesta y execrable superioridad de una  raza sobre otra.  Al punto que se puede tomar la vida de otro ser simplemente porque no posee las especificaciones biológicas y genéticas de las especies humanas “supremas”. Nuevamente el fin justifica los medios. Y por eso hay protestas sociales necesarias como expresión de las democracias civilistas. Y saqueos injustificables que son la respuesta precisa para las acciones de gobiernos violentos y corruptos. A algunos de éstos el Coronavirus los ha mostrado tal como son y a otros les han permitido ocultar la forma inmunda con la que llegaron a la presidencia.

    El descontento social ha vuelto a las calles del mundo porque el hambre visceral, la miseria rampante, la violencia larvada y la pandemia creciente no le comen cuentos a la cuarentena.  Debieran tener cura, debieran pasar, pero no. En cambio, la educación crítica, esa que permite que las protestas sociales sean una herramienta democrática, cada vez evita menos que otros George Floyd sigan siendo asesinados a la vista de todos por razones raciales. A cada Trump se le sale el predicador que lleva por dentro, agarra la biblia y amenaza. Patéticos.

     Mientras tanto la educación de hoy, virtual y medieval, lejana y fragmentada, irreal y sometida, sigue sin leerse a sí misma.

     Afuera la polarización política continúa de parranda. Y es peligrosa. Floyd lo sufrió en carne propia. Y nosotros desde las aulas nos urge aprender que podemos pensar diferente sin ponerle la rodilla en el cuello al George más cercano.

     Al día siguiente con la furia del alba golpeando la ventana los personajes de ésta historia iban rumbo a Cartagena. A reencontrarse con la nada. A comprobar que el mundo se reinventa pero no cambia. A mirar con desconcierto como la naturaleza brota al ritmo impertinente de la lluvia. A sentir que la vida es una diosa sin misericordia que nadie tiene porque exigirle una migaja de misericordia.

     El retén de la policía les recuerda en sucesivas fotografías a blanco y negro regadas en una mesa de plástico las tétricas consecuencias de ser afro. Es lo mismo Riohacha, Nairobi, Valledupar, El Cairo, Cartagena o Luanda. Los agentes del orden, igual: fornidos, malencarados, mastican chicles con refinado estilo, esposas insatisfechas, 2 hijos simpáticos… en fin, una irreal combinación entre el General Naranjo, Carlos Castaño, El General Rosso José Serrano, “Popeye”, Mancuso o “Tiro fijo”.

     Ayer nos condenaron a 12 años de cárcel por robo, concierto para delinquir, tráfico, fabricación y porte de armas de fuego.

      No somos George Floyd. Pero parece.

     “No puedo respirar”: así debe ser el título de la clase de hoy y de la siguiente.

       Siempre.

Osmen Wiston Ospino Zárate

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